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martes, 17 de marzo de 2015

El código enigma


El código enigma (Título original: The imitation game. Dirctor: Mortem Tyldum. Coproducción de Estados Unidos y el Reino Unido. Año: 2014.) es una película que sólo merece mis más altas valoraciones. Es cierto que abordar todos los aspectos de una vida cualquiera se vuelve algo demasiado arduo y prácticamente imposible para cualquier película. Pero también es innegable que el cine tiene una capacidad innata de generar sentido, significados e interpretaciones que en el mejor de los casos son nutritivas y sugerentes.
La película es una biografía de Alan Turing, un matemático inglés que, en la época de la Segunda Guerra Mundial, construye un artefacto mecánico que sería el antecedente a las modernas computadoras. Con esa máquina Tuning y su equipo descifraron los códigos secretos de las comunicaciones nazis y le dieron el triunfo a los aliados.
Lo irónico del asunto es que Alan Turing nunca fue considerado, ni condecorado, como héroe de guerra, dado que su trabajo se mantuvo en el más absoluto de los secretos. Antes bien fue investigado, acusado y finalmente condenado por el delito de homosexualidad, vigente en esa época en los códigos legales del Reino Unido.
El filme dirigido por el noruego Mortem Tyldum no deja de ser una película académica, un filme correctamente filmado, con altos valores de producción que recrean de manera verosímil la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial. Cuenta con un guión muy interesante, escrito por Graham Moore y ganador del Oscar, cuya anécdota se expone mediante flashbacks que nos permiten ir entendiendo al personaje y lo llevan hasta una determinación casi poética al final.
La creación del personaje de Turing por parte de Benedict Cumberbatch es rica en matices. Por un lado el personaje es un retraído científico marginado por su homosexualidad. Pero por otro es un mefistofélico generador de estadísticas que construye fríos modelos que permiten ganar guerras. Pero para que pueda funcionar las vidas de individuos concretos deben pasar a segundo término . Turing es alguien capaz, vía la tecnología y la estrategia militar, de ganar una guerra pasando por alto los sacrificios que debe realizar.
El código enigma genera figuras sugerentes, fuertes e inspiradas, vigentes no sólo para el contexto en el que vivió Turing, sino para aquel en que actualmente nos desempeñamos: la máquina como un sustituto de nuestros afectos, depósito de nuestro amor y, si logramos perfeccionarla, sujeto capaz de correspondernos.

lunes, 9 de marzo de 2015

A la mala


María Laura “Mala” Medina (Aislinn Derbez) es una actriz desempleada que considera indigno el trato que recibe en las sesiones de selección de histriones para publicidad televisiva pero que piensa que participar en una telenovela es una oportunidad inmejorable. Sólo que su productora, es decir su jefa en potencia, antes de darle la chamba le pone una prueba: tiene que seducir a su ex novio, el millonario Santiago (Mauricio Ochmann), con intenciones que van de lo poco claras a la inverosimilitud y de ahí a la estupidez evidente.
Y es que María Laura, en su crisis de empleo remunerado, varias veces ha trabajado para novias celosas a cuyas parejas seduce y pone en evidencia en los momentos previos al coito. Pero con Santiago las cosas no salen como están planeadas. El empresario tequilero no se le avienta como fiera en celo y entre los dos va surgiendo una atracción que se convierte increíblemente en amor.
El modelo de comedia en A la mala (Dirección: Pedro Pablo Ibarra. País: México. Año: 2015) es el hollywoodense, uno de los pocos espacios en el cine del siglo XX donde la mujer adquirió una relevancia como personaje activo y no sólo fue la víctima que debía ser rescatada por el héroe masculino. De ello se infiere que lo más importante en este tipo de historias son los personajes. Vamos a analizarlos.
“Mala” Medina es una actriz con formación profesional y economía precaria. Comparte su departamento con una amiga y entre trabajo y trabajo por los que recibe pago se dedica, no sin ciertos reparos éticos, a labores de seducción tramposas y redituables. Nosotros los espectadores no tenemos claro si hay una motivación psicosocial relevante que la lleva a realizar esas actividades, algo así como querer ser la vengadora del club de las mujeres engañadas. Suponemos entonces que su motivación es sobre todo económica.
Cabe preguntarse entonces si A la mala es una película de crítica social, si acaso escarba en la inestable vida laboral de una generación capaz de hacer a un lado cualquier prurito ético con tal de llevar el pan a la mesa. No, definitivamente esta película no es de esas. Más bien se regodea en los padecimientos sentimentales de los personajes. Ejemplo de esa situación es la escena donde Mala abraza las llantas del coche de Santiago como el único recuerdo que queda de su amor.
Me imagino al director y al guionista diciendo: si es divertido ver a Woody Allen añorando a la mujer amada cuando huele una pierna de pollo que le ha dado para que cene solo en su casa en su fragmento de Historias de Nueva York (Título original: New York Stories. Woody Allen, Francis Ford Coppola y Martin Scorsese. Estados Unidos. 1989.), entonces: ¿por qué no va a ser divertido ver a Aislinn Derbez en su cama abrazando unos neumáticos Michelin?
La pregunta se responde cuando, analizando la película de Allen, queda claro que el absurdo juega un papel clave en su concepción y realización como una crítica a la racionalidad que se ausenta absolutamente en A la mala, la cual es una película que no tiene nada que decir, que carece de un argumento a demostrar, cuya profundidad es igual a cero o, si tenía algo que comentar, confunde por su mala realización.
Para Pedro Pablo Ibarra lo importante es soltar rápido diálogos supuestamente inteligentes y chistosos, sobre todo los de los actores de reparto, al grado de que su dirección le imprime a A la mala un ritmo irregular que va de lo vomitivo a lo lerdo, ya que tampoco es muy eficiente, como lo demuestra la escena del clímax donde Derbez canta un gran éxito de Timbiriche (Tú y yo somos uno mismo) que resulta una tortura para el espectador con capacidades auditivas medianas.
El personaje de Santiago es aún más desconcertante, en la medida de que ello sea posible, que el de “Mala” Medina. El guión (de IssaLópez y Ari Rosen) se da tiempo para trazarlo con más detalles que tampoco son muy lógicos: Santiago es un millonario, heredero de una marca de Tequila, apasionado de la música clásica, solitario e instruido, con una relación no resuelta con su padre, pedante y acartonado al momento de estar en pantalla.
Esto último se entiende por la elección de Ochmann (actor de telenovelas y de teatro ligero mayormente) para interpretarlo. No queda claro que algo positivo aporte al personaje más allá de una cara bonita.
En cuanto a las motivaciones del personaje puedo decir que, luego de una semana de haber visto A la mala, no acabo de entender por qué Santiago se enamora de María Laura quien está completamente alejada de sus intereses ya sean literarios, musicales o empresariales.
Se podría justificar por una fuerte atracción física (cosa improbable cuando Aislinn Derbez hace el papel) o por que él descubre en ella valores trascendentales cuando va a ver una obra de teatro donde ella sale vestida, no sé si de dragón o de espárrago. Lo cierto es que su encuentro y su seducción son bastante torpes e inverosímiles. Quizá por ello la prensa del corazón ha publicitado el romance quelos actores mantienen en la realidad.
A fin de cuentas Santiago resulta ser un macho sensible, detentador del poder económico, filántropo engreído, egoísta en lo sexual, payaso en su pseudo intelectualidad, creado con intención de redimir a una generación de mirreyes pero que carece de verosimilitud o de profundidad sociológica.
A fin de cuentas, por su posición de hombre y de millonario, tiene el poder de decidir sobre Mala al momento de perdonarla. El espacio de poder femenino de ella se derrumba (en el improbable caso de que se haya erigido en algún momento) y con ello se va a contra corriente de lo mejor del género hollywoodense de la comedia romántica.
Otra de las cosas que resultan desesperantes al principio y aburridísimas al final es la incansable sucesión de cameos de figuras televisivas, que van desde la breve aparición del padre de la protagonista (Eugenio Derbez) hasta la extendida intervención de Facundo Gómez Brueda, que por cierto no termina de convencer de que es actor al espectador promedio, ya no digamos al especializado.
Se puede explicar este recurso como una manera de ligar la película a la televisión y con ello lograr una taquilla más abultada. Es decir, como un estricto cálculo comercial, el cual parece haber sido el pivote de la realización, algo que por si no es malo, pero que no garantiza para nada calidad fílmica.
Es como el caso de Transformers: La era de la extinción (Transformers: Age of Extinction. Michael Bay. Estados Unidos y China. 2014) que por el hecho de ser una película muy exitosa no deja de ser uno de los peores filmes del año pasado. Lo mismo puede pasarle a A la mala, aunque aún es muy pronto para prever lo que nos pueden ofrecer juntas las áreas cinematográficas de las más importantes televisoras de México: Televisa y Televisión Azteca.

martes, 3 de marzo de 2015

Boyhood: momentos de una vida


El hecho de que Boyhood: momentos de una vida (Título original: Boyhood. Dirección: Richard Linklater. País: Estados Unidos. Año: 2014) apenas se haya estrenado en San Luis Potosí es algo que merece no sólo subrayarse, sino también contextualizarse y tratar de explicarse.
Boyhood, nominada a 6 Óscares en la entrega que tuvo lugar la semana pasada, se estrenó en enero de 2014 en el Festival de Sundance. Llegó a las salas comerciales de Estados Unidos en agosto del año pasado. En México, o por lo menos en el Distrito Federal, comenzó su corrida comercial en el pasado mes de enero, un año después de su proyección en Sundance. Para ese entonces muchos cinéfilos ya la habían visto por que circulaba en internet una copia ilegal.
Yo la vi hace dos meses en la Capital del País en una de las llamadas “Salas de Arte” de la cadena de exhibición Cinépolis. Este era el nicho donde se había confinado a la película antes de las nominaciones al Oscar.
Hace unas semanas la Cineteca Alameda anunció el estreno de Boyhood en nuestra ciudad. La administración de la Cineteca invirtió en una campaña publicitaria y seguramente esperaba tener un gran éxito, ya que la única opción para que el cinéfilo local pudiera verla en una sala era este recinto cuya proyección es de una resolución menor a la de las salas comerciales, que tiene un audio deficiente y donde el público padece de gélidas temperaturas.
Los distribuidores le hicieron una ruda jugada a la Cineteca Alameda, ya que la película finalmente se estrenó también en Cinépolis. No coincidieron en todas las fechas, pero si en los días de mayor afluencia a las salas, que debieron de ser el viernes y el sábado pasado. El público se dividió y eso no es bueno para ninguno de los exhibidores. No se trata de una película que genere una afluencia masiva. Además la Cineteca Alameda no tiene condiciones materiales ni política de precios competitivas.
Así son los absurdos de la distribución y exhibición en San Luis Potosí. Es inconcebible que los distribuidores tarden tanto en estrenar una película. Cuando así lo hacen pierden público ante la piratería. Y cuando dividen a los espectadores las salas de exhibición son las que pierden. La verdad no tiene sentido, es absurda esta manera de actuar.
El momento para estrenar la película a nivel local era cuando se anunciaron las nominaciones al Oscar. Boyhood tenía seis, era una de las competidoras más serias de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia. (Birdman. Alejandro González Iñárritu. Estados Unidos. 2014) pero finalmente sólo obtuvo un premio, lo cual también debe haber desalentado a ciertos espectadores que pudieran haberse interesado por verla hace unas cuantas semanas o por lo menos inmediatamente antes de la entrega del Oscar.
Lo cierto es que todo esto no le quita méritos a Boyhood: momentos de una vida, que es uno de los trabajos cinematográficos más interesantes del cine estadounidense de los últimos años. La película fue filmada a lo largo de 12 años, algo publicitado hasta el cansancio. Lo interesante es analizar el resultado.
Boyhood narra la historia de Mason y su familia. Él comienza el filme siendo un chamaco de 7 años y termina como un joven de 19 años, siempre interpretado por el mismo actor, Ellar Coltrane. La acción transcurre en varias ciudades, pueblos y el campo del estado de Texas, donde nació y ha vivido el director Richard Linklater.
Los padres de Mason están divorciados. La madre, interpretada por Patricia Arquete, a lo largo de este tiempo termina sus estudios universitarios, se vuelve maestra y tiene un par de parejas, con alguna de ellas vive incluso momentos de violencia intrafamiliar, muy bien planteados por Linklater para no salirse del tono íntimo del resto de la cinta. Basta un vaso roto y ver a la actriz en el piso para tener toda la dimensión del problema.
El padre de Mason es interpretado por uno de los actores / colaboradores claves de Linklater. Ethan Hawke va más allá de su estado de inconformidad adolescente permanente y con inteligencia y ternura pasa de trabajar en Alaska (figura paterna ausente) y de tocar en un conjunto de rock a laborar en una compañía de seguros, formar un nuevo matrimonio y tener un tercer hijo.
Literalmente el tiempo pasa por encima de los actores, que fueron filmados por una semana al año durante el extendido período de rodaje. Este sistema de producción implica muchos riesgos. Por ley ningún actor en Estados Unidos está obligado a tener un contrato mayor de 7 años. Eso habría la posibilidad de deserciones potencialmente desastrosas. Incluso cabía la posibilidad de que alguien del reparto o del departamento de dirección muriera.
Se tomaron previsiones para hacer el trabajo. Por ejemplo: durante el período de filmación (que fue de 2001 a 2013) hubo muchas innovaciones y cambios en la técnica del cine digital. Acertadamente el director y su departamento de cinefotografía decidieron filmar en el formato analógico de 35 milímetros mismo que no ha desaparecido (como algunos lo creen) y ha demostrado ser muy estable y duradero.
En pantalla se ven unas dos o tres escenas por año en la vida de los personajes. El tiempo de proyección de éstas va de los 10 a los 14 minutos. Son como fotografías instantáneas de la vida cotidiana, similares en espíritu a las que hicieron los hermanos Lumiére y perfectamente coincidentes con el descubrimiento de la vocación de Mason. Linklater tiene en esta película un muy afortunado encuentro con la vocación original del cine.
En Boyhood: momentos de una vida no ocurre nada demasiado espectacular. Sólo la vida misma. Hay separaciones dolorosas, encuentros gozosos, enfrentamientos con la diversidad, se percibe cómo pasa el tiempo, cómo se deterioran los cuerpos, cómo la belleza y su manifestación física son transitorias, igual que el paso por el mundo ante la inminencia de la muerte.
Seguramente el guión debió haber sido muy abierto. Se nota en el hecho de que ciertas secuencias carecen de continuidad. Por ejemplo: hay un momento en el que Mason tiene un encuentro con un par de muchachos agresivos en el baño de su escuela. Después de eso no volvemos a saber nada de ellos. Pero ello no le resta méritos a Boyhood. Al contrario. Ahí radica su originalidad, frescura y capacidad de asombrar y conmover a los espectadores con lo que casi nunca se ve en el cine actual: lo cotidiano.
Lo que hizo Richard Linklater fue atrapar el tiempo en su película, convertirlo en algo tangible que es analizable y completamente disfrutable. Al parecer éste ha sido un proyecto continuo en las películas en las que ha colaborado con Ethan Hawke, especialmente la trilogía compuesta por Antes del amanecer, Antes del anochecer y Antes de la medianoche (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight. Coproducciones de Estados Unidos, Austria, Suiza y Grecia. 1995, 2004 y 2013) que presentan a los mismos actores interpretando a los mismos personajes en tres jornadas. Entre la primera y la última median 18 años.
El ejercicio de Boyhood es distinto porque exigió ir construyendo el tiempo sobre los personajes seguramente sin la capacidad de prever demasiadas cosas, por lo cual es aún más mérito el haber obtenido, finalmente, un arco de transformación de padres y de hijos que resulta claro e interesante. Este es uno de los pilares más firmes que sostienen la fascinación que provoca el filme.
Habría muchas más cosas que escribir sobre la película. Habría que describir y analizar el cumpleaños que Mason pasa con sus abuelos. Tendría que escribir sobre la extraordinaria selección de la música (las listas creadas por los usuarios de Spotify pueden ser mucho más adictivas y claras que el mismo disco). Debería de estudiarse el discurso político de algunas escenas clave, así como el relajado tratamiento del consumo de drogas. Así pasa con las grandes películas: les quedamos a deber muchas palabras.
Boyhood: momentos de una vida se encuentra destinada a volverse un clásico. Por lo pronto se ha anunciado su secuela. Esto creo que es una buena noticia para aquellos que he escuchado expresar su deseo de saber qué pasa con Mason cuando se encienden las luces de la sala.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cincuenta sombras de Grey


Cincuenta sombras de Grey (Título original: Fifty Shades of Grey. Dirección: Sam Taylor-Johnson. Coproducción de Canada y Estados Unidos. Año: 2015) es de esas películas sobre las que uno puede ensañarse sin mortificaciones. Es un producto estrictamente surgido de un proyecto comercial que, con una crítica negativa, no perderá ni uno de sus posibles espectadores. Señalar sus defectos (múltiples), su falta de imaginación (insondable) y denunciar su punto de vista (ultraconservador) no va a cambiarle a nadie la vida para mal.
Como es sabido, es la adaptación de un bestseller firmado por E.L. James que, gracias a una campaña de mercadotecnia, ha despertado un morbo tal que ha contagiado la agenda de los medios de comunicación y de las conversaciones cotidianas.
El encuentro entre el magnate de tendencias sádicas y aspecto metrosexual Christian Grey (Jamie Dornan) y la estudiante de letras virgen y desaliñada Anastasia Steele (Dakota Johnson) se anuncia como candente y resulta completamente anticlimático, carente de fuerza, sentido o simpatía.
El interés de la historia debería radicar en responder la siguiente pregunta: ¿una chica “normal” y enamorada debería acceder a proposiciones sexuales extremas? Pero es tan largo el estira y el afloja entre la virgen y el sádico que la trama llena de momentos flojos: el viaje en helicóptero, el recorrido por el bosque, la visita a Georgia, etcétera. Entre los momentos fallidos destaca el primer encuentro, cuando ella entra a la oficina y literalmente cae a los pies de quien aspira a ser su dominador. La planificación y resolución de la escena le debería producir pena a la directora Sam Taylor-Johnson.
Además las motivaciones de los personajes son tan poco convincentes, sobre todo las de Christian Grey / Jamie Dornan que, para explicarlas, hace una de las escenas más ridículas de los últimos tiempos, aquella en la que le habla a su novia dormida y le dice que de niño era muy pobre y que su mamá no lo quería.
A eso hay que aunarle la mala elección del reparto: cuesta trabajo creer en la heterosexualidad de Jamie Dornan más cuando se le ve de perfil y Dakota Johnson es tan expresiva que, con ropa, parece un costal de papas aventado al piso. Y sin ella es aún peor. El avance de las dos horas con cinco que dura la proyección se vuelve un suplicio.
Las escenas de sexo están filmadas sin ninguna fuerza ni originalidad, el cuarto de juegos en ningún momento resulta ni inquietante ni amenazador a fuerza de estilizarse en exceso y resultar demasiado entiséptico. La directora opta por utilizar planos cerrados que deberían sugerir lo que no se ve cuando realmente uno se pregunta: ¿por qué no vemos nada?
Podemos suponer que parte del cálculo mercadológico de Cincuenta sombras de Grey era que la película no ofendiera a nadie, asunto complejo tomando en cuenta que el erotismo en su mejor representación siempre es subversivo. El resultado es un filme de una noñez suprema, descafeinado, aburrido, pretencioso y desfasado.
Podría ser interesante un auténtico estudio sobre las prácticas extremas de dominación y sumisión en el sexo actual o un comentario sobre las similitudes del masoquismo y el capitalismo. No hay nada de eso. De hecho no hay nada que ver. Cincuenta sombras de Grey es la historia de un amor que se acaba a la primera tanda de cinturonazos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Un hombre pájaro alzó el vuelo: el Oscar 2015


En la entrega de los Óscares del año pasado se celebró la incorporación de los mexicanos a la industria estadounidense del cine. Tuve oportunidad de escribir que Alfonso Cuarón ganó elpremio de la Academia por ser Gravedad (Gravity. 2013. Estados Unidos y Reino Unido) una película al gusto de Hollywood y no porque fuera el mejor film de la competencia.
Anoche otro mexicano no sólo ganó, sino que arrasó con la mayor parte de los premios Oscar en sus categorías más importantes: mejor guión, mejor director y mejor película, a los que habría que sumar el reconocimiento que por segundo año consecutivo ganó Emmanuel Lubezki por su trabajo como cinefotógrafo.
Este año si puedo decir que Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman. Alejandro González Iñárritu. Estados Unidos. 2014.) era la mejor película de la competencia. Gravedad no lo era, pero respondía muy bien a las exigencias de Hollywood. Sorprende que Alejandro González Iñárritu haya podido ganar con un filme absolutamente personal donde desplegó sus obsesiones temáticas con un estilo complejo y utilizando metáforas arriesgadas. Mientras Alfonso Cuarón se incorporó, González Iñárritu se impuso. El creador de Birdman hoy amaneció siendo uno de los hombres más influyentes de Hollywood. Tal es el tamaño de su mérito.
Emmanuel Lubezki, con este segundo Óscar, finalmente será reconocido como uno de los grandes maestros de la luz. Su trabajo será estudiado y sus filmes revalorados. La aventura de los cineastas mexicanos que se fueron de su país por que aquí no podían hacer películas acaba de dar un giro inesperado.
Estos cineastas se incorporan al extenso grupo de migrantes han logrado puestos de poder e influencia en el sistema de estudios de Hollywood. Ernst Lubitsch, que llegó de Alemania en los años de 1920's, llegó a ser jefe de la Paramount. Alfred Hitchcock llegó desde Inglaterra hasta un alto puesto de dirección en ese mismo estudio. Michael Curtiz, húngaro que en algún momento ni siquiera sabía hablar bien inglés, llegó a ser uno de los directores más prolíficos y populares del sistema: dirigió 172 películas.
Igual que los cineastas mexicanos estos directores llegaron buscando condiciones opuestas a los límites y las dificultades políticas, económicas y técnicas que les ofrecían las industrias fílmicas de sus países de origen. Lubezki, pionero mexicano en este tránsito reciente, no hubiera podido experimentar en México con las posibilidades de la composición digital de Gravedad ni con la luz natural con la que hizo El árbol de la vida (The Tree of Life. Estados Unidos. 2011) y otras películas de Terrence Malick.
Lo mismo puede decirse de otros fotógrafos mexicanos: Rodrigo Prieto ha trabajado con Martin Scorsese, Ben Affleck (mucho mejor director que actor), Spike Lee y Ang Lee. Guillermo Navarro es el hombre de la cámara en grandes éxitos de taquilla como Titanes del Pacífico (Pacific Rim. Guillermo del Toro. Estados Unidos. 2013.) y la saga que transcurre Una noche en el museo. Y como ellos hay más. México, su cultura visual y sus escuelas de cine han formado grandes fotógrafos, incluyendo a algunos que siguen trabajando en nuestro país como Sergei Saldívar Tanaka.
Quizá por ello el segundo Oscar a Lubezki no termina de sorprenderme, como si lo hace el premio a mejor guión que se llevó el equipo encabezado por Alejandro González Iñárritu. Mi percepción es que la capacidad narrativa mexicana va la a saga de sus capacidades visuales.
Las mejores películas de Iñárritu han sido las que tenían los guiones más lineales y las estructuras más simples: Biutiful (México y España. 2010) y Birdman. Antes de ellas las pirotecnias narrativas supuestamente complejas e inteligentes de los guiones de Guillermo Arriaga solo servían para deslumbrar a despistados.
Por el contrario el guión de Birdman lleva perfectamente soldadas la intención temática, la estructura temporal, el desarrollo de los personajes, los cambios de tono y los distintos planos de realidad que maneja. No tiene pierde. Corresponde ampliamente, además, a la propuesta estética de la película en su conjunto.
Y el Oscar a mejor dirección para Iñárritu es el reconocimiento a sus logros geniales en una puesta en escena arriesgada y rigurosa: la película da la impresión de haber sido hecha en su mayor parte en un solo plano. Esa simple apariencia es algo muy complejo y delicado. Pero funciona perfectamente por que así es como se percibe el tiempo y el espacio, de manera continua, en el teatro. Y este es el universo que se recrea en la película.
La selección de grandes actores y el trabajo con ellos, siguiendo el juego que les ha propuesto el director y para el que son perfectamente aptos, tiene su mejor ejemplo en Michael Keaton, que desafortunadamente no se llevó el Oscar que realmente se merecía. Lo que si ha obtenido es una especie de redención, al ser reconocido como lo que es: un actor grande y serio.
Y finalmente, que un filme como Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, siendo como es una obra arriesgada formalmente y de una concepción autoral personalísima, haya obtenido el reconocimiento a la mejor película es una cereza inesperada en el pastel.
El contexto no era propicio. La crisis política de México, a la que hizo alusión González Iñárritu en uno de sus discursos de aceptación, es apenas una evidencia del terrorífico estado que guarda la nación, por utilizar los términos del Papa Francisco I. Esto se suma a todas las trabas que está viviendo la reforma migratoria en los Estados Unidos.
Visto el contexto, de manera global, cómo no iba a ser una buena noticia los premios para Birdman. Cómo no despertarnos con una sonrisa al día siguiente de la entrega de Óscares. Por lo menos hemos recibido una buena noticia: el hombre pájaro alzó el vuelo.

martes, 17 de febrero de 2015

Mommy

Mommy (Canada. 2014) la última película de Xavier Dolan, prodría verse (o leerse) como un documento, un testimonio, una rendición firmada por una generación de padres que no pidieron serlo y por unos hijos que no tienen más que deseos irrefrenables y a corto plazo, que deben cumplirse, si es necesario, con violencia.
Mommy llega a la entrega del Oscar del próximo domingo con la nominación a mejor película extranjera. El año pasado, en mayo, ya había recibido el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, compartido con Adiós al lenguaje (Adieu au langage. Suiza y Francia. 2014) de Jean – Luc Godard. Nada mal para un director de 26 años.
Diane (Anne Dorval) la “mommy” de la película de Dolan hace todo lo que está a su alcance (y generalmente lo hace mal) para mantener unida a su familia, que está compuesta por su hijo Steve (Antoine-Olivier Pilon) y ella misma. De tal forma que el día que él debe salir de la correccional donde ha estado recluido, ella llega tarde por que tiene un accidente de tráfico.
Esta primerísima parte del film lo resume casi todo. Los personajes de Dolan no pueden andar por el mundo si no es trastabillando, tropezando, cometiendo una falta tras otra. Su situación es precaria, el dinero no abunda y Steve es prácticamente incontrolable.
En este contexto entra otro personaje, una vecina llamada Kyla (Suzanne Clément) que había sido maestra, pero que adquirió un problema de lenguaje que no le permite estar frente a grupo. Diane le pide ayuda y trata de preparar a Steve para que pueda ingresa a una universidad.
Aunque siempre hay una opción. En el Canadá imaginario donde transcurre la película los padres de familia pueden darle la custodia de sus vástagos al gobierno si demuestran que tenerlos a su lado pone en riesgo su física, financiera o emocional.
Dolan es el nuevo cineasta de moda. Ha construido al personaje de Steve como un ser absolutamente primitivo, irracional, con testosterona en exceso, que en su momento ha herido gravemente a un compañero, que está dispuesto a golpearse en la calle con taxista y molesta sexualmente no sólo a su Kyla, su maestra, sino también a su propia madre.
Dolan eligió filmar esta película en un formato poco convencional. Las proporciones de la pantalla son, casi todo el tiempo, verticales, como si alguien hubiera filmado la película con un teléfono celular o una tablet. En la medida de es una película sobre el espacio íntimo de la familia eso puede ser justificado. Pero también hay que decir que, como experimento formal, es mucho más osada la mezcla de anchos de pantalla de El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel. Wes Anderson. Reino Unido, Alemania, Estados Unidos. 2014).
Tuvimos oportunidad de ver Mommy en la última Muestra Internacional de Cine, donde hubo varias películas relacionadas con la juventud y la educación. Ahora la Cineteca Alameda proyecta el film de Dolan durante varios días. No me extraña demasiado la decisión. El incesto y la violencia pueden ser un buen gancho para que vaya gente a verla.
Lástima que no se animen a promocionar otra película (igual o más interesante) sobre el mismo tema como lo es Conducta (2014) el film cubano Ernesto Daranas Serrano, el cual es mucho más sútil y requeriría de una promoción especial y quizá hasta de subtitulaje, por las condiciones de audio de la Cineteca Alameda.
Ambas películas deberían ser mostradas a los docentes en formación. Sus puntos de vista, que son distintos, deberían de discutirse y de analizarse. Con ello se formarían promotores que también podrían llevar a sus alumnos al espacio de la Cineteca Alameda. Pero eso está muy lejos, al parecer, de los intereses y objetivos de quienes la dirigen.

martes, 3 de febrero de 2015

Las Oscuras Primaveras

Una de las ventajas de ir seguido al cine es que se pueden encontrar tendencias tanto temáticas como estilísticas en el cine contemporáneo. Mi último hallazgo es el de una capitulación generacional en la ardua batalla de criar a la progenie. Los jóvenes adultos en las películas de los últimos tiempos se sienten abrumados o peor aún contrariados por la obligación impuesta y la incapacidad aceptada de mantener, educar y convivir con sus hijos.
Abundan en esta temática películas como la canadiense Mommy (Dirección: Xavier Dolan. Año: 2014), la cubana Conducta (Ernesto Daranas. 2014) y las mexicanas Güeros (Alonso Ruiz Palacios. 2014) y Las Oscuras Primaveras (Ernesto Contreras. 2014). Las diferencias en sus enfoques merecen comentario aparte y un esfuerzo comparativo que de momento tendré que postergar.
Pero la confluencia temática ahí está, cuestionando los modelos tradicionales de la representación fílmica de la familia, la mujer y la madre, tan apreciadas en el cine de otra época cuando se relacionaban con el sacrificio y el autoritarismo de las cabecitas blancas estilo Sara García, representando a la madre sacrificada, casi santificada, intocable e incorruptible. La maternidad hoy es otra cosa. Se le quiere usar como sostén de familias mutables, diversas y constantemente cambiantes. El ser madre es una actividad sujeta a tensiones sociales y confrontada abiertamente con las necesidades individuales.
Las Oscuras Primaveras, tercer largometraje de su director Ernesto Contreras, está estructurado a partir del modelo del triángulo amoroso y pasional. Igor (José María Yazpik) se encuentra en transición. Su matrimonio con Flora (Cecilia Suárez) fluctúa entre la rutina y las carencias financieras y sexuales. Eso quizá hubiera sido llevadero si no es por la aparición de Pina (Irene Azuela), una oficinista divorciada que lo busca en las entrañas del edificio donde trabaja y lo encuentra en el incontrolable deseo sexual que despierta.
Cómo ya lo había hecho en su ópera prima, Párpados Azules (País: México. 2007), Ernesto Contreras ubica su film en un Distrito Federal decadente, atrapado en el pasado de tecnologías obsoletas como la fotocopiadora, en espacios sin vida como sus oficinas y en departamentos que sus personajes tratan de llenar de calor con algo que pueda ser similar a la convivencia, la complementariedad y el amor. En su periplo por la ciudad se encuentran con un hotel de paso y con el hecho de que su naturaleza es más oscura de lo que ellos mismos creían.
El guión de Las Oscuras Primaveras (obra también de Contreras) construye una narrativa no concluyente, que difumina el destino de los personajes que, al terminar la película, deberán seguir viviendo con sus culpas, faltas y deseos potencialmente irrefrenables. Eso quizá sea frustrante para el espectador promedio de las salas comerciales, pero está justificado porque los temas que aborda están vivos en nuestro momento histórico y son problemas no resueltos en estos días.
En la parte generalmente considerada técnica (pero donde reside la capacidad expresiva de las películas) resalta la construcción de un ambiente de invierno tardío por parte del cinefotógrafo Tonatiúh Martínez, que trabaja con una gran disciplina lumínica en interiores (al borde de la subexposición) pero sobre todo en exteriores. La luz de las calles, los parques y la que entra por las ventanas siempre tiene una tonalidad gris, filtrada por nubes que, como sabrá cualquiera que haya querido hacer una película en continuidad lumínica, son elementos volátiles e impredecibles y más en nuestro país tan cerca del trópico, tan tierra del sol finalmente.
Por otra parte, el sonidista Enrique Ojeda vuelve (como ya los había hecho en Párpados... ) a aislar a los personajes del ruido de la ciudad, permitiendo construir espacios que más allá de lo físico tienden a lo mental, a la introspección, a la vida íntima de los pensamientos que tenemos en las soledades buscadas (Igor en la ducha del centro deportivo), deseadas (Pina desnuda en su habitación) y temidas (Flora en su departamento). Esto tampoco es un asunto sencillo de resolver en una ciudad tan ruidosa como la capital mexicana y, por lo tanto, se vuelve meritorio.
Otro de los aciertos de Las Oscuras Primaveras es la selección y la dirección de actores, varios de ellos ya reconocidos en el ámbito del cine mexicano. Cecilia Suárez es sin duda una de nuestras mejores actrices, capaz de dotar de extravagancia a personajes que otras hubieran aplanado o achatado. Flora tiene una multidimensionalidad extraordinaria: es la esposa trabajadora, honesta, luchona, ahorradora y solidaria.
Pero más allá de los arrebatos de su personaje, Cecilia Suárez no le da jamás un aire de mártir. Al contrario. Le imprime un toque repulsivo que cuestiona la posible compasión que nos podría despertar. Esto tiene que ver con la forma en que mira, con sus desplazamientos a punto de la ruptura, con la elección de su vestimenta que la cubren de manera excesiva y le remueven su erotismo.
Por el contrario, la elección de José María Yazpik (como Igor) y de Irene Azuela (como Pina) está hecha de forma tal que anticipa los momentos donde nada ocultarán frente a la cámara. Tienen físicos vitales y esplendorosos que muestran a toda luz, aunque no se animen con un desnudo frontal masculino. Son finalmente animales fuertes, víctimas y victimarios de y en su relación extramarital.
Complementan el elenco una vecina senecta, cuya decrepitud es fundamental y que está perfectamente transmitida por el gesto siempre oportuno de Margarita Sanz y un niño capaz de chantajear, manipular y de hacer finalmente su voluntad, perfectamente llevado por Hayden Meyenberg, que interpreta a Lorenzo, el hijo de Pina, que en la película está en proceso de descubrir su propia animalidad.
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¿Cómo se viven los últimos días, crueles y fríos, de un invierno en el México de la perrada, es decir, en el país de aquellos que estamos lejos de las Casas Blancas e inmersos en la fragilidad evidente después de Tlataya y Ayotzipa?
Estos días se pasan en familia, como se hace desde antaño. Pero ya no en la gran familia mexicana, que es cosa del pasado irrecuperable. Más bien el tiempo transcurre en espacios pequeños, departamentales, donde la figura de la abuela es sustituida por la vecina quizá demasiado inconsciente de su debilidad.
Ahí (sobre)viven los núcleos familiares de la crisis continua con economías frágiles sustentadas en trabajos precarios. Son familias multiplicadas por los divorcios, que hacen de la inmadurez de las madres, enfrentada al chantaje de los hijos (empeñados en un egoísmo infantil previo a la conciencia plena) un campo de batalla sórdido, una guerra de trincheras emocional donde la derrota se paga con la castración.
Los espejos, como figura retórica, están presentes en los momentos de cambio de los personajes, sin que sean demasiado obvios. Confrontan las identidades que están a punto de cambiar, deforman cuando se alejan del canon impuesto a las mujeres, como cuando Pina se reflejan en el coche. Son una reiteración de que lo que buscan los está frente a ellos mismos cuando se miran.
Pero pronto llegará la primavera. El tiempo del instinto, sobre todo del sexual. Socialmente nos gusta y le vemos el lado positivo porque nos pensamos como seres racionales y civilizados que sobrellevamos nuestros deseos y les anteponemos las obligaciones.
Pero este pensamiento se sostiene en una falsedad. El instinto en Las Oscuras Primaveras determina más de lo que quisiéramos, subvierte los códigos morales e incontrolable mezcla sangre y semen, siguiendo la imagen de Octavio Paz.
En la escuela de Lorenzo se construye un mural para el festival de la primavera. Los colores y su contraste nos transmiten vida y alegría. Hay nubes, manos de niños, abejas: una representación optimista del fin del invierno. Pero el sol, que tiene ojos y nariz, no tiene boca sino un hocico torcido, una mandíbula animal capaz de devorar, de dar calor y de destruir.