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miércoles, 5 de agosto de 2026

Spider-Man: Brand New Day

El delirio cinematográfico de la temporada ha llegado con una fuerza incontestable. Spider-Man: Brand New Day (2026), bajo la dirección de Destin Daniel Cretton, ha logrado una recaudación global alucinante de 927 millones de dólares en su primer fin de semana, posicionándose como el segundo mejor debut en la historia del cine mundial, según reporta CNN. En México, la expectativa alimentada por la mercadotecnia y la fidelidad del público produjo el mejor primer día en la historia de la taquilla nacional, de acuerdo con reportes de prensa.

Este éxito de taquilla se cimienta en la repetición y la seriación. Con esta, suman ya siete apariciones de Tom Holland como el arácnido, cuatro de ellas como protagonista absoluto. Esta continuidad permite que la estructura dramática se simplifique: ya no es necesario explicar el origen de las relaciones, como sucede con el encuentro entre Spider-Man y el Punisher de Jon Bernthal, que se da por sentado apelando a la memoria de un espectador que debe tener frescos elementos de entregas anteriores, desde la nota escrita a MJ (Zendaya) hasta el vaso de café que cerraba la cinta de 2021.

En términos narrativos, la película resiente una falta de ambición. La primera parte sufre de un ritmo lento debido a la falta de un antagonista de peso; como bien señalaba Hitchcock, un film es tan bueno como su villano, y aquí el ocultar identidades termina por debilitar la tensión. Al final, el producto funciona más como un extenso tráiler de dos horas y media para la próxima entrega de los Vengadores (Avengers: Doomsday) que como una obra con entidad propia.

Formalmente, las novedades son escasas, acaso los planos subjetivos tras la máscara del protagonista que subrayan el aislamiento y la creciente violencia de un personaje que lucha por no desprenderse de su humanidad. Destaca también el trabajo coreográfico de Peng Zhang, quien introduce confrontaciones más horizontales que verticales mediante el uso de cables y elementos analógicos, aportando una frescura analógica en medio del uso y abuso de lo digital.

Como advierte el crítico Jorge Ayala Blanco, el cine actual parece haber renunciado a narrar para dedicarse a delirar. En esta alucinación colectiva de Marvel se intenta que todo quepa —Hulks, Escorpiones y entrecruzamientos de cómics—, pero esa saturación no garantiza el asombro. Estamos ante un producto identificable y seguro, que no arriesga en formas ni contenidos, diseñado para ser consumido por un público dispuesto a habitar este delirio seriado.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Star Wars: la originalidad imposible


Este es el primero de tres textos que compartiré sobre la saga de La guerra de las galaxias antes del estreno de la séptima entrega. Se trata de una reflexión sobre la imposibilidad de la originalidad en los tiempos fílmicos inaugurados en la década de 1970. 
Originalmente estas ideas estaban organizadas como un guión radiofónico para mi intervención en el especial del podcast Sonido Directo del pasado 4 de mayo. Finalmente mucho se quedó en el tintero y por eso me pareció prudente trabajar el texto y presentarlo por escrito.


En la década anterior al estreno de La guerra de las galaxias [Título original: Star Wars. Dirección: George Lucas. País: Estados Unidos. Año: 1977] Hollywood, la maquinaria industrial más grande de hacer películas ha nivel global, había recibido varios golpes no sin tambalearse.
Por un lado las empresas que le constituyen, como Metro-Goldwyn-Mayer, 20th Century Fox y Paramount, perdieron una serie de disputas legales que mermaron su capacidad económica. Además la televisión se consolidó como el medio favorito de los consumidores para acceder a contenidos audiovisuales en los Estados Unidos y, paulatinamente, en el resto del orbe. Hollywood ya no era tan poderoso como en 1940 pero no había perdido su hegemonía comercial.
En el aspecto artístico las producciones estadounidenses tenían serios competidores. En el resto del mundo surgen, incesantemente, autores que innovan, a veces radicalmente, y renuevan el arte cinematográfico. Ejemplares son los casos de Ingmar Bergman, Federico Fellini, Satyajit Ray y Akira Kurosawa además de los directores que conformaron movimientos como la Nueva Ola en Francia, los nuevos cines de Europa Oriental y en América Latina. El interés intelectual (minoritario pero influyente) se centraba fuera de Hollywood.
Desde luego que esta afirmación conoce excepciones como las películas de Stanley Kubrick y los filmes de la generación de Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Woody Allen, todos autores que negocian con la maquinaria con el sistema industrial del cine estadounidense. Por un lado hacían películas baratas (incluso Kubrick tomando en cuenta lo ambicioso de sus proyectos) que obtenían premios y reconocimiento crítico e incluso ganancias económicas, aunque fueran discretas.
Los contenidos de muchas de estos filmes estaban lejos de poder verse en las pantallas caseras donde privaba la programación familiar que excluía la violencia de Naranja Mecánica [A Clockwork Orange. Kubrick. Reino Unido y Estados Unidos. 1971], Taxi Driver [Scorsese. Estados Unidos. 1976] y El Padrino [The Godfather. Coppola. 1972] así como las referencias a la vida de las élites, el erotismo, la intelectualidad y el consumo de las drogas de Dos extraños amantes [Annie Hall . Allen. Estados Unidos. 1977].
Pero cuando se estrena primero El exorcista [The Exorcist. William Friedkin. Estados Unidos. 1973], Tiburón [Jaws. Steven Spielberg. Estados Unidos. 1975] y La guerra de las galaxias, en 1976, Hollywood se reencuentra con los grandes éxitos de taquilla. Las tres películas ingresan a taquilla, respectivamente, 200, 260 y 500 millones de dólares. Con ellas arrancó, oficialmente, la era de los blockbusters.
Hay por lo menos dos factores que explican el éxito de estos filmes: el encuentro del espectador con emociones simples pero intensas y las campañas de mercadotecnia que los acompañaron en sus estrenos.
La guerra de las galaxias maneja una gama emocional muy limitada que simplifica la película y le aleja de cualquier complejidad argumental o interpretativa. Para enganchar al público ávido de emociones recurre a muchos clichés antes de pretender la originalidad. También es un catálogo de citas cinematográficas.
La saga creada por George Lucas en su conjunto tiene mucho que ver con los seriales de Flash Gordon y de El Llanero Solitario, conformadas por cortometrajes de 15 minutos que se exhibían uno distinto cada fin de semana, dejando abierta la anécdota y fomentando el suspenso. Hay mucha capa y espada: caballeros, princesas, castillo y locaciones exóticas. Pero las cabalgatas son sustituidas casi siempre naves espaciales que mucho tienen de aviones de la Segunda Guerra Mundial.
Se ha hablado mucho de la influencia de Akira Kurosawa y es relativamente sencillo detectar a los personajes y al modelo dramático de La fortaleza escondida [Kakushi-toride no san-akunin. Kurosawa. Japón. 1958] y Lucas reconoció la influencia filmes alemanes como Metrópolis [Metropolis. Fritz Lang. 1927] y El triunfo de la voluntad [Triumph des Willens. Leni Riefenstahl. 1935] para crear a los villanos de la serie y muchos de los espacios donde se mueven.
El uso de la música de John Williams es deudora de 2001: odisea del espacio [2001: A Space Odyssey. Kubrick. Estados Unidos y Reino Unido. 1968] y ello resulta evidente en sus tonalidades románticas, así como comparte la noción del guerrero trascendente con películas como Un toque de zen de King Hu [Xia nü. Taiwan. 1971].
El valor de La guerra de las galaxias, como película individual y como saga, no radica en su originalidad por demás dudosa, antes bien se debe buscar en su capacidad sintética y de cita que permite ignorar las debilidades del guión y aún hoy suspende el análisis intelectual de muchos espectadores, que las han abordado (y lo mismo harán con Star Wars: Episodio VII - El Despertar de la Fuerza [Star Wars: The Force Awakens. J.J. Abrams. 2015]). El cine como parque de diversiones en el principio de Hollywood, ahora y siempre.

martes, 3 de marzo de 2015

Boyhood: momentos de una vida


El hecho de que Boyhood: momentos de una vida (Título original: Boyhood. Dirección: Richard Linklater. País: Estados Unidos. Año: 2014) apenas se haya estrenado en San Luis Potosí es algo que merece no sólo subrayarse, sino también contextualizarse y tratar de explicarse.
Boyhood, nominada a 6 Óscares en la entrega que tuvo lugar la semana pasada, se estrenó en enero de 2014 en el Festival de Sundance. Llegó a las salas comerciales de Estados Unidos en agosto del año pasado. En México, o por lo menos en el Distrito Federal, comenzó su corrida comercial en el pasado mes de enero, un año después de su proyección en Sundance. Para ese entonces muchos cinéfilos ya la habían visto por que circulaba en internet una copia ilegal.
Yo la vi hace dos meses en la Capital del País en una de las llamadas “Salas de Arte” de la cadena de exhibición Cinépolis. Este era el nicho donde se había confinado a la película antes de las nominaciones al Oscar.
Hace unas semanas la Cineteca Alameda anunció el estreno de Boyhood en nuestra ciudad. La administración de la Cineteca invirtió en una campaña publicitaria y seguramente esperaba tener un gran éxito, ya que la única opción para que el cinéfilo local pudiera verla en una sala era este recinto cuya proyección es de una resolución menor a la de las salas comerciales, que tiene un audio deficiente y donde el público padece de gélidas temperaturas.
Los distribuidores le hicieron una ruda jugada a la Cineteca Alameda, ya que la película finalmente se estrenó también en Cinépolis. No coincidieron en todas las fechas, pero si en los días de mayor afluencia a las salas, que debieron de ser el viernes y el sábado pasado. El público se dividió y eso no es bueno para ninguno de los exhibidores. No se trata de una película que genere una afluencia masiva. Además la Cineteca Alameda no tiene condiciones materiales ni política de precios competitivas.
Así son los absurdos de la distribución y exhibición en San Luis Potosí. Es inconcebible que los distribuidores tarden tanto en estrenar una película. Cuando así lo hacen pierden público ante la piratería. Y cuando dividen a los espectadores las salas de exhibición son las que pierden. La verdad no tiene sentido, es absurda esta manera de actuar.
El momento para estrenar la película a nivel local era cuando se anunciaron las nominaciones al Oscar. Boyhood tenía seis, era una de las competidoras más serias de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia. (Birdman. Alejandro González Iñárritu. Estados Unidos. 2014) pero finalmente sólo obtuvo un premio, lo cual también debe haber desalentado a ciertos espectadores que pudieran haberse interesado por verla hace unas cuantas semanas o por lo menos inmediatamente antes de la entrega del Oscar.
Lo cierto es que todo esto no le quita méritos a Boyhood: momentos de una vida, que es uno de los trabajos cinematográficos más interesantes del cine estadounidense de los últimos años. La película fue filmada a lo largo de 12 años, algo publicitado hasta el cansancio. Lo interesante es analizar el resultado.
Boyhood narra la historia de Mason y su familia. Él comienza el filme siendo un chamaco de 7 años y termina como un joven de 19 años, siempre interpretado por el mismo actor, Ellar Coltrane. La acción transcurre en varias ciudades, pueblos y el campo del estado de Texas, donde nació y ha vivido el director Richard Linklater.
Los padres de Mason están divorciados. La madre, interpretada por Patricia Arquete, a lo largo de este tiempo termina sus estudios universitarios, se vuelve maestra y tiene un par de parejas, con alguna de ellas vive incluso momentos de violencia intrafamiliar, muy bien planteados por Linklater para no salirse del tono íntimo del resto de la cinta. Basta un vaso roto y ver a la actriz en el piso para tener toda la dimensión del problema.
El padre de Mason es interpretado por uno de los actores / colaboradores claves de Linklater. Ethan Hawke va más allá de su estado de inconformidad adolescente permanente y con inteligencia y ternura pasa de trabajar en Alaska (figura paterna ausente) y de tocar en un conjunto de rock a laborar en una compañía de seguros, formar un nuevo matrimonio y tener un tercer hijo.
Literalmente el tiempo pasa por encima de los actores, que fueron filmados por una semana al año durante el extendido período de rodaje. Este sistema de producción implica muchos riesgos. Por ley ningún actor en Estados Unidos está obligado a tener un contrato mayor de 7 años. Eso habría la posibilidad de deserciones potencialmente desastrosas. Incluso cabía la posibilidad de que alguien del reparto o del departamento de dirección muriera.
Se tomaron previsiones para hacer el trabajo. Por ejemplo: durante el período de filmación (que fue de 2001 a 2013) hubo muchas innovaciones y cambios en la técnica del cine digital. Acertadamente el director y su departamento de cinefotografía decidieron filmar en el formato analógico de 35 milímetros mismo que no ha desaparecido (como algunos lo creen) y ha demostrado ser muy estable y duradero.
En pantalla se ven unas dos o tres escenas por año en la vida de los personajes. El tiempo de proyección de éstas va de los 10 a los 14 minutos. Son como fotografías instantáneas de la vida cotidiana, similares en espíritu a las que hicieron los hermanos Lumiére y perfectamente coincidentes con el descubrimiento de la vocación de Mason. Linklater tiene en esta película un muy afortunado encuentro con la vocación original del cine.
En Boyhood: momentos de una vida no ocurre nada demasiado espectacular. Sólo la vida misma. Hay separaciones dolorosas, encuentros gozosos, enfrentamientos con la diversidad, se percibe cómo pasa el tiempo, cómo se deterioran los cuerpos, cómo la belleza y su manifestación física son transitorias, igual que el paso por el mundo ante la inminencia de la muerte.
Seguramente el guión debió haber sido muy abierto. Se nota en el hecho de que ciertas secuencias carecen de continuidad. Por ejemplo: hay un momento en el que Mason tiene un encuentro con un par de muchachos agresivos en el baño de su escuela. Después de eso no volvemos a saber nada de ellos. Pero ello no le resta méritos a Boyhood. Al contrario. Ahí radica su originalidad, frescura y capacidad de asombrar y conmover a los espectadores con lo que casi nunca se ve en el cine actual: lo cotidiano.
Lo que hizo Richard Linklater fue atrapar el tiempo en su película, convertirlo en algo tangible que es analizable y completamente disfrutable. Al parecer éste ha sido un proyecto continuo en las películas en las que ha colaborado con Ethan Hawke, especialmente la trilogía compuesta por Antes del amanecer, Antes del anochecer y Antes de la medianoche (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight. Coproducciones de Estados Unidos, Austria, Suiza y Grecia. 1995, 2004 y 2013) que presentan a los mismos actores interpretando a los mismos personajes en tres jornadas. Entre la primera y la última median 18 años.
El ejercicio de Boyhood es distinto porque exigió ir construyendo el tiempo sobre los personajes seguramente sin la capacidad de prever demasiadas cosas, por lo cual es aún más mérito el haber obtenido, finalmente, un arco de transformación de padres y de hijos que resulta claro e interesante. Este es uno de los pilares más firmes que sostienen la fascinación que provoca el filme.
Habría muchas más cosas que escribir sobre la película. Habría que describir y analizar el cumpleaños que Mason pasa con sus abuelos. Tendría que escribir sobre la extraordinaria selección de la música (las listas creadas por los usuarios de Spotify pueden ser mucho más adictivas y claras que el mismo disco). Debería de estudiarse el discurso político de algunas escenas clave, así como el relajado tratamiento del consumo de drogas. Así pasa con las grandes películas: les quedamos a deber muchas palabras.
Boyhood: momentos de una vida se encuentra destinada a volverse un clásico. Por lo pronto se ha anunciado su secuela. Esto creo que es una buena noticia para aquellos que he escuchado expresar su deseo de saber qué pasa con Mason cuando se encienden las luces de la sala.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cincuenta sombras de Grey


Cincuenta sombras de Grey (Título original: Fifty Shades of Grey. Dirección: Sam Taylor-Johnson. Coproducción de Canada y Estados Unidos. Año: 2015) es de esas películas sobre las que uno puede ensañarse sin mortificaciones. Es un producto estrictamente surgido de un proyecto comercial que, con una crítica negativa, no perderá ni uno de sus posibles espectadores. Señalar sus defectos (múltiples), su falta de imaginación (insondable) y denunciar su punto de vista (ultraconservador) no va a cambiarle a nadie la vida para mal.
Como es sabido, es la adaptación de un bestseller firmado por E.L. James que, gracias a una campaña de mercadotecnia, ha despertado un morbo tal que ha contagiado la agenda de los medios de comunicación y de las conversaciones cotidianas.
El encuentro entre el magnate de tendencias sádicas y aspecto metrosexual Christian Grey (Jamie Dornan) y la estudiante de letras virgen y desaliñada Anastasia Steele (Dakota Johnson) se anuncia como candente y resulta completamente anticlimático, carente de fuerza, sentido o simpatía.
El interés de la historia debería radicar en responder la siguiente pregunta: ¿una chica “normal” y enamorada debería acceder a proposiciones sexuales extremas? Pero es tan largo el estira y el afloja entre la virgen y el sádico que la trama llena de momentos flojos: el viaje en helicóptero, el recorrido por el bosque, la visita a Georgia, etcétera. Entre los momentos fallidos destaca el primer encuentro, cuando ella entra a la oficina y literalmente cae a los pies de quien aspira a ser su dominador. La planificación y resolución de la escena le debería producir pena a la directora Sam Taylor-Johnson.
Además las motivaciones de los personajes son tan poco convincentes, sobre todo las de Christian Grey / Jamie Dornan que, para explicarlas, hace una de las escenas más ridículas de los últimos tiempos, aquella en la que le habla a su novia dormida y le dice que de niño era muy pobre y que su mamá no lo quería.
A eso hay que aunarle la mala elección del reparto: cuesta trabajo creer en la heterosexualidad de Jamie Dornan más cuando se le ve de perfil y Dakota Johnson es tan expresiva que, con ropa, parece un costal de papas aventado al piso. Y sin ella es aún peor. El avance de las dos horas con cinco que dura la proyección se vuelve un suplicio.
Las escenas de sexo están filmadas sin ninguna fuerza ni originalidad, el cuarto de juegos en ningún momento resulta ni inquietante ni amenazador a fuerza de estilizarse en exceso y resultar demasiado entiséptico. La directora opta por utilizar planos cerrados que deberían sugerir lo que no se ve cuando realmente uno se pregunta: ¿por qué no vemos nada?
Podemos suponer que parte del cálculo mercadológico de Cincuenta sombras de Grey era que la película no ofendiera a nadie, asunto complejo tomando en cuenta que el erotismo en su mejor representación siempre es subversivo. El resultado es un filme de una noñez suprema, descafeinado, aburrido, pretencioso y desfasado.
Podría ser interesante un auténtico estudio sobre las prácticas extremas de dominación y sumisión en el sexo actual o un comentario sobre las similitudes del masoquismo y el capitalismo. No hay nada de eso. De hecho no hay nada que ver. Cincuenta sombras de Grey es la historia de un amor que se acaba a la primera tanda de cinturonazos.

domingo, 11 de enero de 2015

La lista de lo mejor y lo peor 2014

Para terminar el corte a la actividad fílmica de 2014 les presentó unas listas con algunas de las mejores (y de las peores películas) del año que término. Las confeccioné para los programas del podcast Sonido Directo, que pueden escuchar en este enlace.
Lo mejor de Hollywood
  1. El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street). Martin Scorsese. Estados Unidos. 2013. Fecha de estreno en México: 10 de enero de 2014.
  2. Interestelar (Interstellar). Christopher Nolan. Estados Unidos y Reino Unido. 2014. Fecha de estreno en México: 6 de noviembre de 2014.
  3. 12 años esclavo (12 Years a Slave). Steve McQueen. Estados Unidos y Reino Unido. 2014. Fecha de estreno en México: 21 de febrero de 2014.
  4. El planeta de los simios: confrontación. (Dawn of the Planet of the Apes). Matt Reeves. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 25 de julio de 2014.
Lo peor de Hollywood
  1. Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars). Josh Boone. Estados Unidos, 2014. Fecha de estreno en México: 6 de junio de 2014.
  2. Transformers: La era de la extinción. (Transformers: Age of Extinction). Michael Bay. Estados Unidos y China, 2014. Fecha de estreno en México: 10 de julio de 2014.
  3. Noé. (Noah). Darren Aronofsky. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 21 de marzo de 2014.
  4. Annabelle. John R. Leonetti. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 23 de octubre de 2014.
Lo mejor del cine mexicano
  1. Eco en la montaña. Nicolás Echevarría. México y Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: Marzo 2014.
  2. Los Hámsters. Gil González. México. 2014. No estrenada comercialmente.
  3. Club Sándwich. Fernando Eimbcke. México. 2013. Fecha de estreno en México: 14 de noviembre de 2014.
  4. Guten Tag, Ramón. Jorge Ramírez Suárez. México y Alemania. 2013. Fecha de estreno en México: 21 de agosto de 2014.
  5. Obediencia perfecta. Luis Urquiza. México. 2014. Fecha de estreno en México: 1 de mayo de 2014.
Lo peor del cine mexicano
  1. Más negro que la noche. Henry Bedwell. México y España. 2014. Fecha de estreno en México: 14 de agosto de 2014.
  2. Paraíso. Mariana Chenillo. México. 2013. Fecha de estreno en México: 3 de julio de 2014.
  3. Cantinflas. Sebastián del Amo. México. 2014. Fecha de estreno en México: 18 de septiembre de 2014.
  4. El crimen del cácaro Gumaro. Emilio Portes. México. 2014. Fecha de estreno en México: 14 de marzo de 2014.
Lo mejor del cine exquisito
  1. Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia. (Birdman). Alejandro González Iñárritu. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 13 de noviembre de 2014.
  2. Borgman. Alex van Warmerdam. Países Bajos, Bélgica y Dinamarca. 2013. Fecha de estreno en México: 25 de julio de 2014.
  3. El gran hotel Budapest. (The Grand Budapest Hotel). Wes Anderson. Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. 2014. Fecha de estreno en México: 25 de abril de 2014.
  4. Historias de caballos y de hombres. (Hross í oss. Benedikt Erlingsson). Islandia, Alemania y Noruega. 2013. Fecha de estreno en México: 15 de abril de 2014.
Lo peor del cine exquisito
  1. Ninfomanía vol. 1 y vol. 2 (Nymphomaniac: Vol. I y Nymphomaniac: Vol. II). Lars von Trier. Dinamarca, Alemania, Francia, Bélgica y Reino Unido. 2013. 15 de abril y 4 de julio de 2014.
  2. Los niños del cura. (Svecenikova djeca). Vinko Bresan. Croacia. 2013. 4 de julio de 2014
Las mejores adaptaciones del cómic
  1. Grandes héroes. (Big Hero 6). Don Hall y Chris Williams. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 13 de noviembre de 2014.
  2. Guardianes de la galaxia. (Guardians of the Galaxy). James Gunn. Estados Unidos y Reino Unido. 2014. Fecha de estreno en México: 31 de julio de 2014.
  3. Capitán América y el soldado del invierno. (Captain America: The Winter Soldier). Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 4 de abril de 2014.
Las peores adaptaciones del comic al cine
  1. El sorprendente Hombre Araña 2: la amenaza de Electro. (The Amazing Spider-Man 2). Marc Webb. Estados Unidos, 2014. Fecha de estreno en México: 18 de abril de 2014.
  2. Drácula: la historia jamás contada. (Dracula Untold). Gary Shore. Estados Unidos. 2014. Fecha de estreno en México: 2 de octubre de 2014.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Magia a la luz de la luna


Magia a la luz de la luna (Título original: Magic in the Moonlight. Dirección: Woody Allen. Coproducción de Estados Unidos y Reino Unido. Año: 2014) es prueba de la constancia temática y del dominio estilístico que su director y guionista tiene sobre el cine y sus formas de narrar. El espectador que busque novedades, rupturas y reinvenciones deberá buscar en otro lado. Allen a sus 79 años recién cumplidos sigue siendo Allen, uno de los directores clave de nuestros tiempos.
Su última película, Magia a la luz de la luna, llegó esta semana a las salas de San Luis Potosí. Es prácticamente imposible regatearle méritos. A nivel de la historia Allen sigue demostrando gran habilidad al momento de torcer la anécdota hacía profundos momentos de crisis existencial para sus personajes, que pocos autores acostumbran tratar en tono de comedia.
Stanley (Colin Firth) lleva una doble vida. Arriba del escenario es Wei Ling Soo, un ilusionista chino que triunfa en toda Europa. Abajo, es un inglés racionalista y ateo, con el encanto de una epidemia de tifus, como lo describe otro personaje. Stanley está obsesionado por los trucos de magia por la forma en que se realizan y por cómo conservar el misterio sobre ellos.
Cuando es invitado a descubrir, como experto en trucos e ilusiones, a una médium aparentemente fraudulenta, se encuentra con Sophie (Emma Stone), una estadounidense bella y pobre que le hace poner en duda su actitud descreída sobre el mundo.
Las preguntas del personaje de Stanley son constantes en la obra de Allen: ¿el ser humano puede aspirar a trascender espiritualmente? ¿Qué es la religión sino un conjunto de trucos e ilusiones? ¿Acaso no consideramos mágicos a los eventos que se escapan de una explicación racional? ¿No conservan religión, magia y arte ciertas similitudes que hacen soportable vivir nuestra propia vida, pequeña, insignificante, vacía y aburrida? Tomando en cuenta esto: ¿hay otra posible interpretación de la última escena de Magia a la luz de la luna?
Que nadie se engañe con el tono de comedia de Allen. Él ha sido uno de los directores que mayor empeño han puesto en tratar temas trascendentales en el cine estadounidense, apelando a elementos propios de su cultura (como el jazz) a pesar de llevar muchos años de exilio creativo en diversos países de Europa. Lo importante es que Allen jamás a claudicado al tratar temas serios en sus películas, las cuales quizá hubieran tenido mucho más éxito si no hubiera seguido a directores como Ingmar Bergman en la senda de las más incomodas cuestiones que atañen al ser humano del siglo XX y XXI.
El estilo cinematográfico de Allen ha cambiado con el paso de los años. En los 90's realizó varias grandes películas en donde demostró su gran dominio de los planos de larga duración en pantalla, bastante complejos en su aparente sencillez por la manera en que limitan al director sus posibilidades de corregir errores.
Ahora Allen se da oportunidad de dividir las escenas en varios planos, ajustándose a una rigurosa continuidad. Pero cuando lo considera necesario, vuelve a los planos secuencia, es decir, a los fragmentos largos de película que carecen de corte y permiten en desarrollo de las habilidades histriónicas de los intérpretes. Tal es el caso del diálogo entre la Tía Vanessa (Eileen Atkins) y Stanley, clave en la conclusión del film y apenas dividido en dos planos bastante extendidos.
Eso sí, Allen decide poner su cámara a tal distancia de los personajes que siempre permite apreciar la cuidada recreación de época (la película transcurre en los años de 1920's), el manejo sublime de la luz por parte de su director de fotografía (Darius Khondji) y la selección afortunadísima de los exteriores en el sur de Francia.
Como siempre, el trabajo actoral de las películas de Allen es irreprochable. Colin Firth es al mismo tiempo aborrecible y fascinante, firme en sus frías convicciones y ardiente deseoso de que algo más ocurra con su vida. Emma Stone, ya me he referido a ello con ocasión de otra película, tiene uno de los pares de ojos más bellos del cine actual y con la naturalidad de su estar nos hace pensar en la posibilidad de una especie de santidad en el mundo real.
Woody Allen sigue entendiendo el cine como magia, no hay que olvidar que fue ilusionista antes que director. El cine es una técnica puesta al servicio de la creación de algo que realmente no existe, que nos hace atisbar en la posibilidad de que algo superior nos rodea. Igual que la magia, produce seres ensimismados en el dominio de sus procesos, pero que aspiran una una libertad que nos hagan remontar nuestro plano normal de existencia.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Pulp Fiction: 20 años


Pulp fiction se reestrena en salas comerciales por su veinte aniversario. Reciclo un viejo texto, que habla un poco de todo y es autobiográfico, pero que gira alrededor de los primeros filmes de Tarantino.
 
 Pertenezco a una generación cuya cinefilia creció y se fortaleció gracias a las películas de Quentin Tarantino. En los primeros años de la década de 1990 mal circulaba la revista Dicine, una de las pocas opciones previas al internet que mezclaba la crítica y los datos duros, ya que además de artículos sobre filmes destacados, los estrenos en la ciudad de México eran todos reseñados aunque fuera brevemente y se incluía una ficha técnica de cada película.
Ahí se hablaba maravillas de Perros de reserva (Reservoir Dogs. Estados Unidos. 1992), la ópera prima de un cineasta cuyo relato vital me permitía sentirlo próximo: no había estudiado cine, su gusto por las películas se había nutrido de videocassettes y, mientras despachaba en un videoclub, escribía guiones.
En aquel entonces no tenía palabras palabras para describir el relato y la narración que hacían de Perros... un filme extraordinario por sus rupturas temporales, sus cambios en los puntos de vista, sus elipsis sugerentes y su búsqueda de espacios para cada personaje. Y bueno, nada podía decir sobre su puesta y pantalla: todo estaba demasiado oculto de un recién egresado de la licenciatura, burócrata en ciernes que apenas había visto Ciudadano Kane (Citizen Kane. Orson Welles. Estados Unidos. 1941) y Casta de malditos (The killing. Stanley Kubrick. Estados Unidos. 1956), modelos evidentes pero no únicos de Tarantino: de las películas orientales que prácticamente rehizo ni hablar.
Lo que me encantaba eran los giros y sorpresas violentas del relato, así como el manejo tan lucidor de la música. Pero más me gustaba que el director era de mi misma generación (aunque había nacido ocho años antes que yo), que tenía una seria preocupación por el guión (mi mayor interés en aquel entonces) y que era cuate de otro cineasta que consideraba modélico en mi proyecto de vida: Robert Rodríguez.
Tal era la necesidad de ver Perros... que, aprovechando un viaje de trabajo a Aguascalientes, me metí a un cine por demás lúgubre para verla antes que nadie (según yo) en mi ciudad. El resultado fue devastador. No puede dejar de darle vueltas a la película por meses. Y fue la primera de la que tuve disco compacto, póster y video vhs. Oficialmente era fan.
Afortunadamente gravitaban en mi entorno otros individuos cinéfilos mucho más conocedores que yo, que me llevaron a los otros modelos no tan lógicos y evidentes de Tarantino. Leonel Romero y José Antonio Meave eran asiduos a sesiones (diurnas o nocturnas) donde pude ir explorando las películas francesas de los sesentas y setentas, sobre todo las de Jean – Luc Godard. Si las películas de Taratino sólo me hubieran servido para conocer a Godard ya hubieran válido la pena.
En los próximos años traté de autoinflingirme todo el conocimiento fílmico que pude, tal y como lo recomienda el autodidacta Groucho Marx. El salario de la burócrata permitía los viajes y la compra de libros y películas. La soledad y el deseo de evasión invitaban a llegar y permanecer en las salas cinematográficas. En una época de tanto desamor pude agenciarme conocimientos fundamentales para mi vida futura. No todo el tiempo fue desperdiciado.
La segunda película de Tarantino llegó pronto y verla resultaba una obligación gozosa. En México se estrenó en 1995 y hube de viajar al Distrito Federal con la precisa encomienda de verla. Mi primer visionado ocurrió en el cine Latino, enorme sala en la Avenida Reforma, un poco venido a menos en aquel entonces pero todavía impresionante por el tamaño de su pantalla.
Tarantino me derrotó por knock out. El humor era desternillante. No creo haber reído tanto antes de la escena en que Travolta le vuela la cabeza a su camarada, ni haber encontrado nada tan cachondo como el pie de “Esmerelda Vilalobos” o el francés de María de Medeiros. Uma Thurman no me emocionaba tanto, pero hay que reconocerle su mérito sobre todo cuando estaba desfallecida.
No recuerdo ninguna película en donde los balazos sonaran tan fuerte, ni donde la música y el plano final de la película te obligaran a ir caminando igual que los personajes cuando salías a la calle. El guión lo encontraba original e intenso. Pero no sabía por qué. No entendía que tiene una progresión dramática imparable a partir de la acumulación de tiempos muertos. No lo entendía, pero estaba chido. La había vivido a flor de piel de tal forma que persistí en mi retina.
Tarantino se puso de moda. Como si fuera un terremoto, tuvo una serie de réplicas en nuestro país, unas más afortunadas que otras. Funcionaba muy bien referencia en El callejón de los milagros (Jorge Fons. México, 1995), pero su estreno resultó tan inmediato que uno no puede saber si realmente influyó en el trabajo del director y del guionista (Vicente Leñero adaptando a Nagib Mahfouz).
Donde si hasta coraje me dio fue cuando vi Amores perros (Alejandro González Iñárritu. México. 2000), donde con escasa imaginación copiaron la mejor escena de Perros... Es fecha que me parece imperdonable. De hecho 21 gramos (21 Grams. Alejandro González Iñárritu. Estados Unidos. 2003) y Kill Bill: La venganza, volúmen 1 (Kill Bill: Vol. 1. Quentin Tarantino. Estados Unidos. 2003) se proyectaron al mismo tiempo en San Luis Potosí. Esto me hizo pensar que las películas de Iñárrritu no me gustaban por que prefería ver las de Tarantino.
Con el paso del tiempo y tras el estreno de Biutiful (Alejandro González Iñárritu. México y España. 2010) y la ruptura con Guillermo Arriaga he valorado a González Iñárritu. Sin embargo considero válido mi juicio para sus tres primeras películas. Y las de Arriaga no las veo ni por error.
La vida siguió, las películas se acumularon, el amor al cine creció. Y en un momento fue alimentado por las primeras películas de Tarantino. Y qué momento. Fue el tiempo de las mejores películas de Woody Allen en los noventas, de las últimas de Krzysztof Kieslowski, de La edad de la inocencia (The Age of Innocence. Martin Scorsese. Estados Unidos. 1993) de grandes filmes dirigidos por Keneth Branagh y de muchas otras experiencias fílmicas que no tiene caso listar ahora, pero que incrementaron la necesidad de ver mas y mas películas. Era, parafraseando a François Truffaut, era el amor al cine a los veinte años.

lunes, 1 de diciembre de 2014

10 películas (casi) olvidadas de Woody Allen


Hoy Woody Allen cumple años. 79 para ser exactos. Me han pedido que haga una lista de diez películas suyas. Me agrada la idea: la obra de Allen fue muy importante para mis inicios de cinéfilo. Fortuna y gusto me han hecho ver casi completa su amplia filmografía. Por ello me permito armar un listado de algunos de sus filmes que siendo menos conocidos son ampliamente recomendables.
Recuerdos. Stardust Memories. 1980. El homenaje de Allen al cine. Un director debe asistir a una retrospectiva de su obra y enfrentar (en el plano real y en el onírico) sus pulsiones, miedos y angustias. Woody Allen se autoparodia y al mismo tiempo cita la obra de Federico Fellini, Orson Welles, Ingmar Bergman y Vittorio de Sicca, algunos de sus amores cinematográficos. Tiene algunas de sus mejores líneas de diálogo, una de ellas pronunciada cuando le preguntan qué estudió en la universidad: “asistí a la universidad pero yo no estudié, ellos me estudiaron a mi”.
Broadway Danny Rose. 1984. Los personajes interpretados por Allen en ambas películas son antípodas. Aquel es la imagen del éxito, éste es un absoluto fracasado: Danny Rose es un representante de artistas que, en cuanto tienen un poco de éxito, lo cambian por otro. No importa que él sea el más generoso del mundo al momento de compartir miserias. Lo cómico del asunto viene de la energía y empeño que el personaje invierte en causas absolutamente perdidas.
Septiembre. September. 1987. Uno de los dramas allenianos. Es prácticamente una pieza de teatro de cámara. No hay un atisbo de sonrisa. Los personajes encerrados en una casa de verano deben enfrentarse entre ellos y se infligen profundas heridas emocionales. No hay escape y más cuando se trata de la familia. La selección de piezas musicales de Art Tatum y Ben Webster es extraordinaria.
Sombras y niebla. Shadows and Fog. 1991. Ahora me doy cuenta de que en esta lista abundan las películas a blanco y negro. Allen ha recurrido al monocromatismo de manera constante y muchas veces afortunada. Pero esta es la más desquiciada de todas esas decisiones estéticas, por que es un homenaje al expresionismo alemán, a M de Fritz Lang (Alemania. 1939) y un punto de encuentro entre los filmes germanos y la obra de Franz Kafka.
Maridos y esposas. Husbands and Wives. 1992. La más amarga de las películas matrimoniales de Allen. El anticipo de la ruptura con Mia Farrow y el tremendo escándalo que conllevó. Filmada cámara en mano, con saltos de continuidad y falsas entrevistas a los personajes. La veo como un homenaje a la Nouvelle Vague y como un tratado de moral: es fecha que las relaciones con mis alumnas están determinadas por uno de los diálogos que se escuchan en esta película.
Balas sobre Nueva York. Bullets over Broadway. 1994. Los filmes que Allen hizo en el quinquenio que va del estreno de ésta película hasta el de El gran amante me parecen que conjugan energía, inspiración y experiencia. Constituyen uno de sus mejores momentos. Es un período de crisis personal que coincide con el ensombrecimiento de sus comedias y con el dominio pleno de la técnica. El guión de Balas... (o mas que el guión, su argumento) debería estudiarse en las escuelas como ejemplo de dramaturgia cinematográfica. Allen comienza a dejar que otros actores hagan los papeles que antes se asignaba y John Cusack es buenísimo. Y ni hablar de Dianne Wiest como la diva insoportablemente fascinante y de Chazz Palminteri como el gángster con dominio total de la ametralladora y de la estructura narrativa.
Los enredos de Harry. Deconstructing Harry. 1997. La más ambiciosa de las narrativas allenianas por ser un juego de múltiples historias dentro de otra historia. Un escritor (que Allen interpreta, en sus propias palabras, como el ser más despreciable del mundo) tiene una obra ampliamente reconocida, pero su vida personal es monstruosa: es alcohólico, cobarde, hipersexuado con gusto por las prostitutas, padece herpes y es adicto a las píldoras. Sus creaciones narrativas estás filmadas en extraordinarios planos secuencia y su vida se hiperfragmenta mediante saltos de continuidad. Además tiene un reparto enorme, que incluye al finado Robin Williams en su mejor papel.
El precio del éxito. Celebrity. 1998. De esas películas en las que nada sobra y nada falta. Tiene fotografía a blanco y negro a cargo de Sven Nykvist. Los roles principales están actuados por Judy Davis y Kenneth Branagh. Los secundarios de Melanie Griffith y Leonardo Di Carpio son fantásticos. El argumento mezcla dos historias, una de redención por el amor y otro de decadencia por el egoísmo, entrelazadas magistralmente. Charlize Theron sería la mujer más bella del mundo (¡su personaje tiene orgasmos nada más con tocarle el codo!) si no fuera por Winona Ryder, que recibe una de las declaraciones de amor más afortunadas de todas las filmadas en plano secuencia a ritmo de (I'd Like to Get You on a) Slow Boat to China.
El gran amante. Sweet and Lowdown. 1999. Desde el principio de su carrera Allen ha jugado con las convenciones del cine documental y las ha utilizado para hacer ficciones brillantes. En esta película recurre a falsos testimonios para narrar la historia del segundo mejor guitarrista del mundo después de Django Reinhardt. Como es constante en el período que cierra esta película, el personaje principal es un superdotado en el arte y en la vida cotidiana acumula defectos. La escena final donde Sean Penn se emborracha tras haber perdido el amor de la silenciosa Hattie (interpretada por Samantha Morton) es un maravilloso plano secuencia que permite a actor y director derrochar un talento grandísimo mientras el personaje intenta acribillar unas ratas.
Los inquebrantables. Cassandra's Dream. 2007. Producida durante su exilio europeo, Los inquebrantables fue filmada en Inglaterra y es una tragedia basada en la ambición desproporcionada, representada en el sueño de tener un yate. Valdría la pena sólo por ver a Colin Farrell y a Ewan McGregor dirigidos por Allen, pero hay mucho más que apreciar en este filme, entre ello una formidable partitura de Philip Glass.
No se trata de poner estas películas por encima de las obras mas conocidas y reconocidas. Creo más bien que se trata de tesoros acumulados personalmente, posibles pendientes para la mayoría de los cinéfilos jóvenes que tienen en ellos una lista de placeres inagotables como suelen serlo, en menor o mayor medida, las 49 películas dirigidas gasta el momento por Woody Allen.

Grandes Héroes


Marvel, la casa editora de cómics estadounidense, este año ha presentado un par de adaptaciones hasta cierto punto sorprendentes. Mientras su competencia va teniendo una serie de errores y fracasos memorables al lanzar algunos de sus productos históricamente prestigiados como Supermán (El hombre de acero. Título original: Man of Steel. Dirección: Zack Snyder. Países: Canadá, Estados Unidos y Reino Unido. Año: 2013), Marvel le ha apostado a una parte relativamente oscura de su repertorio de súper héroes.
Primero Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy. James Gunn. Estados Unidos y Reino Unido. 2014) se convirtió en uno de los grandes éxitos del verano y ahora, en el arranque de la temporada navideña, repiten la fórmula con variación y éxito, por lo menos a nivel estético y narrativo con la cinta Grandes héroes (Big Hero 6. Don Hall y Chris Williams. Estados Unidos. 2014).
La variación parece determinada por un asunto de mercado: los estudios Disney han buscado mantenerse competitivos (tras una crisis en la que se contempló incluso el cierre del departamento de animación) incorporando a la competencia a su nómina, comprando alianzas con empresas que en su momento les derrotaron creativa y económicamente, como Pixar, los estudios Marvel y Lucas Films.
Los seguidores de los productos de estas compañías (que no son pocos y se apasionan) han vivido una semana muy intensa con la presentación del primer teaser trailer del episodio VII de La Guerra de las Galaxias, que al igual que el resto de los adelantos de las últimas entregas de la saga galáctica, son muy bonitos y han acompañado a filmes decepcionantes.
Por lo menos para mi resultó inesperada esta combinación de la tecnología digital de animación de Pixar, el modelo narrativo de venganza y sacrificio de las historias de Marvel y los valores familiares que desde siempre ha defendido Disney, una de las compañías ideológicamente mas conservadoras del cine de Hollywood.
Grandes héroes es un cómic poco conocido de Marvel. Personalmente yo nunca lo he leído ni tenía noticias de él antes del estreno de la película, por lo tanto no puedo abordarla desde el punto de vista de la adaptación. Hay un artículo originalmente publicado en The Independent y traducido en La Jornada que da cuenta de la génesis del proceso. Remito a los lectores a sus enlaces digitales.
Las mejores películas de animación digital han sido aquellas que, conscientes de sus limitantes (la más grande de ellas es la imposibilidad de reproducir la piel humana de manera impecable), han optado por crear personajes que no son personas, aunque tengas fuertes rasgos antropomorfos. Toy story (John Lasseter. Estados Unidos. 1995) sigue siendo el gran ejemplo.
Grandes héroes tiene en el centro de su discurso narrativo y filosófico a un robot médico llamado Baymax (cuya voz fue doblada en México por Alan Prieto). La originalidad corpórea del androide radica en su naturaleza inflable, la cual lo hace similar al hombre de malvavisco de Los cazafantasmas (Ghost Busters. Ivan Reitman. Estados Unidos. 1984) y produce una silueta rechoncha y confortable al abrazo.
Narrativamente esta presencia da pie a momentos cómicos (por ejemplo cuando repara sus ponchaduras con cinta adhesiva) pero en su aparente simplicidad implica el problema más profundo que trata la película. “¿Pueden amar las máquinas o podemos amar a las máquinas?” que son preguntas que se plantean filósofos como Javier Ordoñez. Al igual que como en Interestelar (Interstellar. Christopher Nolan. Estados Unidos y Reino Unido. 2014) ocure que los libros trasladan la cultura y el afecto hacía seres desaparecidos hace tiempos, en Grandes héroes Baymax supera su condición de máquina en la mente de sus operadores y se vuelve un testimonio de valores muy interesantes, como el respeto por la vida humana y la trascendencia individual.
Los personajes de Marvel, como Wolverine o Punisher no tienen empacho en desatar una violencia asesina impulsados por sus deseos de venganza. La pérdida del ser amado (tal y como le ocurre al protagonista humano de Grandes héroes) es la gran motivación en el modelo narrativo de ciertos superhéroes, siendo Batman no sólo el fundador sino el mejor representante cinematogŕafico en las películas enloquecidas de Tim Burton (Batman: Estados Unidos y Reino Unido. 1989. Batman Regresa: Batman Returns. Estados Unidos. 1992).
En Grandes héroes, Hiro Hamada (Memo Aponte) el huérfano adolescente habitante de la hipertecnologizada ciudad de San Fransokyo (genial espacio diegético rico en sugerencias y posibles interpretaciones que resume San Francisco y Tokio) pierde uno de sus últimos vínculos afectivos en un hecho de violencia y se convierte en un justiciero junto con el robot y otros cuatro jóvenes nerds.
El dilema es el mismo que vive otro nerd desadaptado y monstruoso llamado Peter Parker, cuyo alter ego, Spiderman, le permitiría poder cobrar venganza sangrienta de quienes han minado sus afectos pero que a quien finalmente se le impone éticamente su tío Ben. En Grandes héroes Baymax, multifuncional médico con capacidades de diagnóstico, tratamiento, comunicación y combate es el vehículo de los valores de paz y de convivencia, que permiten incluso en un momento compadecer y entender al villano.
David Bordwell y Kristin Thompson apuntan, en su libro Arte cinematográfico, que las películas en tiempos de crisis (como la gran depresión de la primera mitad del siglo XX) apelaban, ante la pérdida de estabilidad en el empleo y las carencias materiales del grueso de la población, a los valores familiares como último recurso, al hogar como reducto de tranquilidad y sosiego. Estos valores, profundamente conservadores ha reiterados en gran parte de la producción de Disney, desde la adaptación de Pinocho (Pinocchio. Norman Ferguson, T. Hee, Wilfred Jackson, Jack Kinney, Hamilton Luske, Bill Roberts y Ben Sharpsteen. Estados Unidos. 1940) hasta El rey león (The Lion King. Roger Allers y Rob Minkoff. Estados Unidos. 1994).
En una pirueta semántica sorprendente, la gente de Pixar ha reconciliado este discurso con el ímpetu vengativo de ciertos héroes súper poderosos y con el amor (entendido como apego y necesidad más allá de la lógica) que nuestra sociedad siente hacía sus fetiches tecnológicos. El resultado ha sido un filme cinematográficamente convencional y accesible a un gran público pero con muchos ángulos de interpretación que ni con mucho agoto en este texto coyuntural.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia

Corro el riesgo de la repetición. Hace una semana dije que Interestelar (Interstellar. Christopher Nolan. Estados Unidos. 2014) era una de las grandes películas del año. Hoy debo escribir lo mismo tras haber visto Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman. Estados Unidos. 2014) del realizador mexicano activo en Hollywood, Alejandro González Iñárritu. Naturalmente los méritos de ambos filmes son distintos. Trataré de explicar algunos que detecté en Birdman. Sin embargo, queda pendiente escribir sobre varios aspectos de la obra.
Una de las cosas buenas que le ha ocurrido a la carrera de Alejandro González Iñárritu fue el haber concluido su colaboración con el guionista Guillermo Arriaga que, desde Amores perros (México. 2000) hasta Babel (Francia, Estados Unidos y México. 2006), son asestó a los cinéfilos unos guiones supuestamente complejos y sorpresivos que realmente sólo impactaban a los poco conocedores de la materia cinematográfica.
De esas experiencias con historias múltiples algo queda en la última película de González Iñárritu. A diferencia de Biutiful (México y España. 2010) que es un filme hiperconcentrado en la condición de su personaje principal, agobiado por la enfermedad y la inminencia de la muerte; en Birdman también tenemos un personaje en crisis de renacimiento pero la estructura del guión permite un sano desarrollo de varios personajes secundarios.
Birdman narra la historia de un actor cinematográfico venido a menos. Riggan es interpretado por Michael Keaton de forma que se antoja testimonial si se toma en cuenta que usó la capa de Batman en las dos películas dirigidas por Tim Burton (Batman y Batman Returns. Estados Unidos. 1989 y 1992, respectivamente). Riggan se hizo famoso interpretando a Birdman, un súper héroe alado. Ahora su fama ha convertido en trivia y siente que su última oportunidad para demostrar que es un artista es montando una obra de teatro en Broadway.
Un accidente a pocos días del estreno abre las puertas para que Mike ingrese al elenco. Se trata de un actor prestigiadísimo y conflictivo interpretado por el no menos valorado Edward Norton. Riggan, a la sazón director, productor, adaptador y estrella de la obra, entra en ruta de colisión con él. Pero Mike, mas allá de su condición de súper actor, es también vulnerable. Vive con miedo a la impotencia y el único sitio donde la esquiva es en el escenario.
Por otro lado están sus mujeres (Naomi Watts y Andrea Riseborough) ambas en los roles femeninos de la obra, aspirando a manipular a sus hombres y entregadas a un espiral de abandono y autocompasión alrededor de una atracción lésbica.
Pero quizá el más importante de los roles de apoyo sea el de Sam, interpretado por Emma Stone. Ella es la hija de Riggan y en apariencia es frágil por sus adicciones y la conciencia (que se irá incrementando) de las debilidades y crisis de su padre. A ella se le reserva un momento clave en el filme donde sus ojos resumen muchas posibilidades de interpretación del artificio cinematográfico de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia.
En redes sociales se habla del evidente logro técnico de la película, filmada mayoritariamente en planos secuencia cuyos cortes son disimulados para dar la impresión de que es un todo continuo. No me interesa denunciar que se trata de un truco, me interesa hablar del resultado en pantalla, sin duda alguna imaginativo y meritorio, no sólo para González Iñárritu sino también para su fotógrafo Emmanuel Lubezki.
El plano secuencia implica filmar una serie de eventos sin recurrir a un corte. Los actores, cuando se usa este modo de filmación, se reencuentran con las posibilidades y exigencias del teatro. Por un lado deben aprender largos parlamentos (en el caso de Birdman se habla de que se filmaban hasta 15 cuartillas de sin parar) pero por otro les permite sumergirse en sus personajes. Esta virtud es ampliamente explicada en los textos de André Bazin, sobre todo en su libro sobre Orson Welles.
Otro director que ha señalado cierta equivalencia entre este procedimiento y la danza es Woody Allen, quien ha hablado de una coreografía entre la cámara y los actores. En el caso de Iñárritu la similitud es bien válida: los actores se mueven por los pasillos del teatro, se relacionan entre ellos y realizan varias acciones que van constituyendo una unidad dramática con ritmo sincronizado y complejo, con una cámara en constante movimiento, en diversos ambientes iluminados artificialmente que refuerzan el sentido de la historia, como cuando Riggan y Laura (Andrea Riseborough) tienen un divertido diálogo sobre su paternidad.
Pero a diferencia de la propuesta de André Bazin, quien señalaba que el plano secuencia reforzaba la sensación en pantalla de que se asistía a un tiempo real y objetivo, imposible de manipular mediante procesos de edición, Alejandro González Iñárritu en Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia manipula no sólo el tiempo, sino los distintos niveles de realidad.
Hace 66 años Alfred Hitchcock filmó La soga (Rope. Estados Unidos. 1948) usando muy también pocos cortes, determinados por la duración de los carretes cinematográficos de la época. El resultado fue un filme en tiempo real, donde la duración de la anécdota era igual a la duración del filme en pantalla.
En Birdman las cosas son diferentes. La historia debe ocurrir a lo largo de 4 ó 5 días (un segundo visionado me permitiría ser mas preciso en este dato) y la película dura 119 minutos, con todo y secuencias de créditos. González Iñárritu realiza elipsis marcadas, es decir, saltos hacía adelante en el tiempo sin necesidad de cortar. Elimina períodos extensos de la anécdota sin recurrir a los procedimientos convencionales de la edición en el cine de Hollywood.
Pero ocurre que un elemento fundamental de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia es la atormentada subjetividad de Riggan – Michael Keaton, personaje – actor al borde de la esquizofrenia, el hombre obligado a llevar una máscara que le hará primero rico y poderoso y después lo tornará débil y lo pondrá al borde de la pobreza y de la muerte. El primer plano es emblemático. Keaton flota, literalmente en su camerino, sentado en el aire en flor de loto. Constantemente manifiesta habilidades telequinéticas, generalmente rompe objetos sin tocarlos. Pero todo ello lo hace cuando está solo. Es como el hombre invisible del equipo de los Hombres misteriosos (Mystery Men. Kinka Usher. Estados Unidos. 1999) que sólo podía usar su poder cuando nadie lo veía.
Riggan – Keaton manifiestan una psique aparentemente al borde del colapso. Escuchan una voz que los intimida. Asisten a eventos no usuales. Los planos secuencia de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia se niegan a proporcionarnos un asidero a la realidad. No indican dónde termina el mundo onírico y no podemos determinar dónde comienza la objetividad.
González Inárritu nos niega el contracampo, es decir, la imagen que complementa la mirada de los personajes. El procedimiento de campo / contracampo permite ver primero a un personaje y luego mirar lo que mira. Es de lo mas común del cine. El director mexicano prefiere el plano secuencia y el montaje que produce significados y metáforas antes de definir claramente los límites de la enfermedad mental.
Este procedimiento adquiere pleno sentido cuando Sam – Emma Stone abre sus ojos desproporcionadamente y compartimos con ella la no esperada certeza de que los sueños, la locura y la realidad son los componentes de aquello que solemos llamar humanidad y que pareciera estar destinada a remontar el vuelo si confía – en medio de todas sus crisis y siguiendo el principio nahua - tolteca – en la necesidad de forjarse un rostro (y con él un corazón). ¿Cómo? Mediante la creatividad que permite la cultura. Como en Interestelar.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Interestelar


En pantalla vemos a una familia de granjeros estadounidenses. Como sabemos que Interestelar (Título original: Interstellar. Director: Christopher Nolan. Países: Estados Unidos y Reino Unido. Año: 2014) es una película hollywoodense, sin problema aceptamos que el padre sea un actor conocido, como lo es Matthew McConaughey. La situación es normal y se presenta con realismo. El padre lleva a sus hijos a la escuela en una camioneta por un camino entre campos de maíz.
Algo los distrae atrayendo su mirada al cielo. No hay temor ni sorpresa en ellos. Hay excitación. Acaban de divisar a un dron, es decir, una aeronave no tripulada. Van tras ella y explican: es de la fuerza área hindú. Tratan de controlarlo a través de una computadora portátil y finalmente lo logran. Con su batería pueden darle energía a una granja.
Las películas de ciencia ficción suelen ser mas fascinantes por el mundo que plantean que por su anécdota y su realización. Así pasa, por ejemplo, con la primera parte de Los juegos del hambre (The Hunger Games. Gary Ross. Estados Unidos. 2012) en cuyo arranque (en el que plantea un orden mundial absolutamente distópico) no puede ser superado por el desarrollo del drama que plantea la historia.
Igual que en esta película, con la que comparte género, Interestelar se extiende al inicio. Intercala testimonios a cuadro, personas que hablan en pasado sobre una situación terrible. El mundo está al borde la crisis alimentaria total. Las plantas están desapareciendo. La última en sobrevivir es el maíz. El polvo lo cubre todo, produce enfermedades. Ya no hay ejércitos. El dron del que hablábamos al principio lleva diez años volando sin propósito. La tierra ya no soporta a los seres humanos.
En este escenario de crisis la historia ha sido reescrita. Urge que los jóvenes se preparen para una tarea clave en la supervivencia humana: hacer que la tierra produzca. Y he aquí que comienza el drama de los protagonistas. Cooper (Matthew McConaughey) no siempre fue un granjero. Era un ingeniero aeronáutico y un piloto altamente calificado que trabajó para la agencia espacial estadounidense. Murphy, su hija de 10 años (Mackenzie Foy) tiene el talento y la inteligencia suficientes para seguir sus pasos. Pero en los nuevos libros de historia el programa espacial es desacreditado, se presenta sólo como una estrategia política que ayudó a destruir a la Unión Soviética.
En medio de este tono realista hay una presencia extraña. En el cuarto de Murphy se manifiesta algo que podría ser un fantasma, o al menos así le llama ella. Se caen constantemente los libros (entre ellos la “Breve historia del tiempo” de Stephen Hawking) y finalmente Cooper descubre un patrón, unas coordenadas, como si se tratara de un encuentro cercano del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind. Steven Spielberg. Estados Unidos. 1977).
En estas coordenadas hay una instalación secreta. Ahí la Nasa sigue realizando un programa espacial casi clandestino. La población en general ignora que el planeta está por extinguirse y que es necesario abandonar la tierra en busca de un nuevo hogar para la raza humana en el espacio interestelar. Para ello se cuenta con una ayuda no esperada. Otros seres, en otro lugar del universo, han abierto un portal en la órbita de Saturno, para poder trasladarse a confines insospechados.
Este es sólo el arranque de Interestelar, fascinante para quien sepa encontrar la enorme cantidad de referencias a nuestro mundo actual y sus apuntes a los de temas de la educación, la ciencia, la tecnología y el deterioro ambiental que vivimos. No estoy contando la historia de la película ni siquiera en una tercera parte. Pero con esto creo sería suficiente para justificar los méritos de la película de Christopher Nolan. El desarrollo posterior de la trama no decae ante el brillante planteamiento de la anécdota. Pero hay mas elementos que van mas allá del argumento y abarcan todas las estrategias formales de la película.
Sigo una idea de David Bordwell para mediante la comparación ubicar al cine de Nolan. Creo que por un lado se encuentra Stanley Kubrick en 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey. Estados Unidos y Reino Unido. 1968), quien rompía con la narrativa clásica de Hollywood para plantear de una manera ambigua temas muy complejos de la naturaleza humana proyectada a las estrellas. Por otro lado está, Steven Spielberg quien asumía la claridad narrativa tradicional del cine estadounidense, a veces llegando a simplificar sus temáticas pero siempre logrando filmes de una calidez humana extraordinaria.
Christopher Nolan asume ambas tendencias, su obra se desarrolla en un territorio intermedio, ya que presenta temas muy complejos ambicionando ser claro en todo momento. Yo no sé si hace cinco años, cuando no había leído el referido texto de Stephen Hawking o “Ciencia, tecnología e historia: relaciones y diferencias” de Javier Ordoñez hubiera podido inferir tanto de la película Interestelar. ¿Qué pasará con un espectador que no haya tenido acceso a estos materiales?
No lo sé. La película es un filme de aventuras pero su universo ficcional se adentra en los territorios de la física teórica, por cierto de una manera que yo no podría decir si es correcta o incorrecta: esa evaluación la dejo a mis amigos y lectores especialistas en esa área. Lo que si puedo decir que esta es una película apegada a los modelos tradicionales de narrar pero que visita territorios innovadores. La aparente contradicción que puede ser fascinante.
Nolan realiza una puesta en escena muy inteligente, con elementos que provienen del cine documental como los testimonios en pantalla y con una cámara en mano, sobre todo en las escenas que se desarrollan en el espacio. Con ello se marca una diferencia interesante con Gravedad (Gravity. Alfonso Cuarón. Estados Unidos y Reino Unido. 2013) construida con unos extraordinarios planos etéreos. Interestelar se ancla en una visión humana, igual que lo hace la cámara de su director de fotografía, el suizo Hoyte Van Hoytema.
Quizá este anclaje humano sea lo que pueda darle trascendencia a una de las frases, desde mi punto de vista, mas relevantes de la película, cuando se dice que el amor es lo único que puede superar al tiempo y a la gravedad, que al parecer es la fuerza física máxima del universo. Sólo que donde dice “amor” hay que leer “cultura”. Claro, si eso dijeran los personajes sería un documental, no una película de ciencia ficción.
El amor es capaz de darle sentido a las existencias, le otorga significado a los actos de los seres humanos. Mas que un sentimiento es un acuerdo social. Podría ser la manifestación de instintos básicos como el de la reproducción y por lo tanto el de la perpetuación de la especie, pero también va mas allá. Es el apego a la vida ante la inminencia de la muerte. De ahí la confrontación entre Eros y Tanatos. El amor es un artefacto cultural.
En Armageddon (Michael Bay. Estados Unidos. 1998) la tecnología es lo que impide la destrucción del planeta tierra y de la raza humana. En Interestelar es la capacidad de imaginar, propia de la cultura, lo que permitirá construir otro mundo en las estrellas. Y es una idea fascinante que ese nuevo espacio, creación absoluta del hombre como género, esté metido en una esfera, con perspectivas distorsionadas del arriba y del abajo, como en el espejo de Jean Cocteau en La sangre de un poeta (Le sang d'un poète. Francia. 1932) o como en los pasillos de El origen (Inception. Christopher Nolan. Estados Unidos y Reino Unido. 2010). Cabe mencionar que la similitud entre ambas películas no la establezco yo sino Mark Cousins en su serie sobre La historia del cine: una odisea (The Story of Film: An Odyssey. Reino Unido. 2011).
Celebro el estreno de Interestelar por que es de esas películas que, en medio del desastre demasiado evidente que vivimos, plantean una posibilidad de futuro acorde con la imaginación y el conocimiento que hemos sido capaces de desarrollar los seres humanos, que es capaz de valorar a la cultura como algo útil, mas allá de las políticas que definen de manera inmediata lo que es válido y lo que no lo es.
También me congratulo de encontrar un guión con una estructura compleja, pero clara a la vez, donde la historia se va desdoblando, que se esfuerza por que cada escena tenga un equivalente en el avanzar de la película y por lo tanto una justificación. Por ello se extiende casi tres horas, pero eso no me parece relevante.
Estos son algunos apuntes, me temo que mas inconexos que de costumbre, sobre una película que deberé volver a ver tomándolos en cuenta. Creo que en Interestelar hay mucha mas materia que la que pude abordar para hacer análisis de tipo formal y para interpretaciones que puedan ser válidas y estimulantes. Válido y estimulante... como debería ser el cine en su conjunto.