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viernes, 24 de junio de 2016

Estoy Aquí Por Una Noche: The Days With Abbie




El documental Estoy Aquí Por Una Noche: The Days With Abbie (2015) de Carlos Muñoz  - quien, supongo que para destantear al enemigo con un guiño al cine soviético, firma como C. Muñoz – recurre a mapas que van de lo macro a lo micro para marcar el recorrido realizado por la cantante australiana Abbie Cardwell desde Melbourne hasta la Ciudad de México donde empieza a grabar un disco con la banda de surf rock Twin Tones, los acompaña en el Vive Latino, se toman fotos en Xochimilco y se van de gira por Oaxaca.


La representación espacial multinivel marca tanto un recorrido transpacífico como un traslado en metro - y pesero en proceso de desaparición - desde el norte hasta el centro de una misma urbe. Esa necesidad cartográfica está emparentada con la de Güeros (2014), el inagotable film de Alonso Ruizpalacios, cuyos personajes andan por una ciudad inabarcable en busca de un pasado elusivo y de un rostro que los acompañe en la vida. En ambos casos el mapa sirve para unificar lo diverso.

Pensemos en la música de los Twin Tones. Es una mezcla del surf, soundtracks del spaghetti western, aires del desierto americano y del folclor mexicano interpretados por defeños de Aragón acompañados por una cantante de folk y jazz llegada de Australia. En tales recovecos no es difícil perderse. Por eso un mapa resulta útil y C. Múñoz lo sabe.

La mezcla musical también lo es cinematográfica. Documental en el sentido de compromiso con los hechos más allá de la pantalla. Rock and road movie, le llama José Xavier N. en El Universal, mezcla entre la película que incluye registros de grabaciones y conciertos de grupos de rock and roll que además se van de gira. El resultado son unas imágenes que se nos muestran hiper post producidas para obtener un look similar a la televisión digital de brillantes colores, de lustre demasiado brillante por momentos.

El material registrado por un grupo de cinefotógrafos profesionales se mezcla con las imágenes obtenidas por la misma Abbie Cardwell con su teléfono celular. La visión del cineasta (tercera persona frente a los hechos) con la mirada del protagonista (primera persona al grado de ser operadora y sujeto de registro). A ello hay que sumarle las transmisiones televisivas y los videos de YouTube. Multifuentes mezcladas desde lo digital con las habilidades de quienes operan estas nuevas tecnologías, indispensables en la búsqueda de una historia y una temática.

A nivel anecdótico Estoy Aquí Por Una Noche: The Days With Abbie, tiene carácter tránsito no de permanencia. Es una visita con plazo perentorio. Un one night stand deslumbrado pero no deslumbrante por la reducción del drama. No hay conflicto en este documental. Ello hace fuerte el contraste entre la escena de la compra del vestido en La Lagunilla con la vida amorosa de la cantante y un insinuado romance en Oaxaca. Esto emparenta al material con aquellos videos que acompañan a los discos y que cumplen la función cara al melómano de conocer los procesos creativos de los artistas.

En lo temático el viaje de Abbie Cardwell a México y la convivencia con sus anfitriones los Twin Tones acaso tiene como metáfora un mapa comprimido, entendida la compresión como un proceso caro a lo digital que busca compactar la información para compartirla eficazmente. Un mapa digital, unas imágenes y unas canciones comprimidas para verse y oírse en internet son una metáfora de un mundo también comprimido, donde no hacer un viaje de cinco horas carece de sentido cuando alguien ha viajado desde Oceanía a Mesoamérica. Para estos jóvenes el mundo, tan al alcance, requiere de mapas que orienten una navegación gozosa pero también desdramatizada.

Estoy Aquí Por Una Noche: The Days With Abbie se exhibe hoy, viernes 24 de junio de 2016 a las 6 de la tarde en la Sala de Cine Rodando (Plaza de Aranzazu de San Luis Potosí) en el contexto del Rodando Film Fest.

domingo, 28 de junio de 2015

Memoria oculta


El viernes pasado arrancó la sexta edición del Rodando Film Festival, evento cinematográfico potosino, producto de un esfuerzo continuado de la sociedad civil, que ha ido adquiriendo rostro y que se concentra mayoritariamente en la exhibición de películas mexicanas.
Las ficciones son exhibidas en el enorme recinto de la Cineteca Alameda (en la cual se llevó a cabo una proyección muy disfrutable de La delgada línea amarilla [Dirección: Celso R. García. País: México. Año: 2015] con un audio perfectamente claro).
Los documentales se concentran casi en su mayoría en el Auditorio Rafael Nieto de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) espacio mas pequeño pero bien confortable con proyección y sonido muy mejorados y que es la sede del cineclub de la UASLP.
También hay funciones al aire libre en parques y panteones, las cuales no pueden ser tan controladas como en las salas e implican dificultades para ver las películas pero que a veces ganan por la atmósfera del lugar. Cortometrajes, animaciones y una muestra por los 40 años del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) van de un espacio a otro.
En estos días pretendo concentrarme en las películas de no ficción, que ocupan un buen espacio en la programación de Rodando Film Fest, hecho con el que me congratulo porque soy de los que creen que el documental mexicano es la fuente mas generosa de exploración cinematográfica en nuestro país.
Mientras la mayoría de las películas de ficción se anquilosan en formas narrativas convencionales (logrando en el mejor de los casos una experiencia emotiva como ocurre en el trazo de La delgada línea amarilla) el documental viaja por entornos tan fascinantes y sorprendentes como la realidad misma.
En el caso de Memoria oculta [Eva Villaseñor. México. 2014] hay que agregar a estas cualidades un empeño por desarmar las partes que constituyen su película y además mantenerla funcionando. Si bien las piezas de una maquinaria puestas sobre la mesa de trabajo pueden ser fascinantes no es fácil verlas en acción, lo cual si ocurre cuando uno asiste a ver este documental.
Se trata de un híbrido. Por un lado tenemos información suficiente para saber que lo que la realizadora nos cuenta es verdad y que quienes aparecen a cuadro fueron testigos de un período de su vida en el que perdió la memoria. Es decir, como público damos por hecho que se trata de una película documental.
Pero sus recursos audiovisuales también guardan relación con otro tipo de cine que llamamos experimental o de vanguardia. Y por qué no (es debido reconocer el terreno ya que estamos recorriendo fronteras): hay mucho de video arte en esta propuesta. Hay una renuncia a la narrativa unidireccional y al sentido único. La forma del filme se abre entonces a múltiples interpretaciones.
La Memoria oculta de Eva Villaseñor está dividida en seis fragmentos bien diferenciados. Hay tres entrevistas: a una amiga, al hermano y a la madre de la realizadora, quienes narran los antecedentes y las consecuencias de un brote psicótico que vivió la realizadora y que permanece como un hueco amnésico en sus recuerdos.
De entrada la forma de presentar las entrevistas implican una renuncia a las capacidades expresivas del montaje y se sólo se recurre a la edición fuera de continuidad para abreviar los testimonios. Los entrevistados siempre están a cuadro y lejanos de la cámara, en espacios que descubiertos por el ojo de la fotógrafa y realizadora tienen una extraña geometría.
En apariencia ello podría parecer una simplificación y no lo es: se requiere rigor para mantener la cámara fija y confianza en las posibilidades expresivas del plano. Aquí los remito a unas imágenes.
En la geometría sugerente de Villaseñor la amiga es encuadrada en una especie de triángulo reminiscente de una flecha que se introduce en los huecos del recuerdo. El hermano aparece en una ventana circular con una escalera de fondo como si de la diana o blanco a la que va dirigida la flecha se tratara. Y la madre en una figura similar a un trapecio, como la flecha del inicio pero amputada de la punta.
Si esto fuera toda la película tendría una forma ciertamente original pero poco compleja. La verdadera provocación viene en las tres últimas partes del film, que son las deudoras del cine experimental y del video arte. Hay una sucesión de imágenes fijas, al principio sugiriendo una película cinematográfica de la cual pudiéramos percibir sus fotogramas y luego cambiando con gran rapidez, al grado de ser arduo de distinguir las imágenes de animales de las de cuerpos humanos y los paisajes.
Mundo animal, humano y espacio físico indistinguibles. Flujo de percepción agotador y en apariencia carente de racionalidad: ¿es locura o es creatividad? ¿Hay diferencia entre ambas? ¿Nos faltan nuevas categorías para mezclar ambas?
Luego el documental se vuelve un diario de viaje. Se ven los volcanes cercanos a la Ciudad de México desde la ventana de un avión. Hay planos submarinos. Entradas a cavernas. Desde la altura hasta la profundidad para transitar del consciente (que pretende abarcarlo todo desde el punto de vista “superior” de la razón) hasta las partes del alma donde apenas entra luz y las reglas del espacio no son las mismas que las de la cotidianeidad.
Todo ese recorrido termina en una imagen. El perfil de una mujer que proyecta una sombra. Si asumimos que la realizadora es la fotógrafa - como indica la secuencia de créditos - entonces estamos ante un autorretrato: la película recita su propia fórmula.
En un filme mas convencional que Memoria oculta todo este registro fílmico hubiera sido usado para ilustrar (quizá con alguna originalidad) el relato de los testigos al inicio del film. Pero Villaseñor es osada: prefiere dividir claramente las partes, como si pretendiera crear la ilusión de que estamos ante su mesa de trabajo y que podemos armar su película otorgando un sentido al conjunto tras haber visto las partes.
Pero es sólo una ilusión, como sabemos que siempre lo son las películas, incluso los documentales. Las ilusiones de movimiento y realidad permiten ensoñar por un momento que estamos ante hechos verdaderos accesibles de manera objetiva, cuando en realidad es la voluntad del realizador, su manejo de la técnica y su subjetividad lo que los pone frente a nuestros ojos.
Por ello, quizá, Eva Villaseñor elimina la imagen al final de su documental Memoria oculta, dejando la pantalla oscura, efecto que resulta pleno cuando se ve el filme en el cine y se escuchan gritos, incoherencias, voces desde mas allá de la razón, perdidas en el laberinto de la mente. ¿Será el registro sonoro de un psiquiátrico? ¿Estará ahí la misma voz de la realizadora que se nos ha negado a lo largo del filme? La duda sigue cuando acaban los créditos y se enciende la luz.