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lunes, 26 de septiembre de 2016

Fin de semana en la Fiesta del Cine


Ser turista de festival implica el abandono de la rutina. Si uno se lanza una semana a ver películas en Guanajuato, Morelia, Guadalajara o Vancouver se abandonan con causa justificada pendientes tales como impartir clases, recoger la ropa de la tintorería, cobrar a deudores o huir de acreedores. Con la llegada de la festivalitis (entendida como la inflamación de festivales de cine a nivel nacional) a San Luis Potosí uno carece de pretexto para abandonar las responsabilidades.
Por eso me volví asistente de fin de semana a la Fiesta del Cine, festival cinematográfico que no osa decir su nombre y que es organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de San Luis Potosí. De algunas de sus actividades me excluí voluntariamente: alfombras rojas protagonizadas por notorios has-been como Matt Dillon – ¡el antagonista en Loco por Mary (Bobby y Peter Farrelly, 1998)! – e insufribles de moda como Luis Gerardo Méndez.
Fotografías con el gobernador, exposición en medios nacionales, imagen proyectada de que la historia de los festivales potosinos de cine arranca con la inauguración de la Fiesta son dinámicas que me recuerdan fracasos como el ultra breve Cinemafest de la administración municipal de Mario García Váldez.
Naturalmente mi espacio no estaba en las residencias para guionistas y actores llevadas a cabo Xilitla y Real de 14. No ejerzo ninguna de las dos actividades. Pero si me merece comentario que hayan sido presentadas como fomento a la realización fílmica potosina. A continuación esbozo cuatro ideas si es que la Secult quiere fortalecer este aspecto:
1. Profesionalizar la enseñanza del cine en el Centro de las Artes San Luis Potosí Centenario (Ceart). Los productos de sus talleres de realización adolecen de técnica y sin ésta no hay articulación de ningún tipo de discurso fílmico.
2. Para ello se requiere una infraestructura material mínimamente profesional. No basta con hacer las cosas “con valor mexicano”, como me diría un encargado de área del Ceart. Hay que invertir en equipo de cámara, sonido, tramoya y edición.
3. El personal académico que imparta esos cursos debe aunar el conocimiento al rigor, exigir a los alumnos hacer las cosas bien y, al menos, dar la imagen de que se es profesional.
4. Y por último hay que ser serios en los pagos al personal docente. De momento la administración del Ceart sigue con la vacilada de pagar con tres o cuatro meses de atraso. Supongo que los organizadores de la Fiesta del Cine – externos a la estructura de la Secretaría de Cultura – también recibirán sus cheques después de un tiempo dilatado.
Pero yo no cobro por asesorar al gobierno del estado. Hay otros que sí lo hacen. Sin duda le podrían hacer una propuesta más estructurada al gobernador y al secretario de cultura, quienes al organizar la Fiesta del Cine se asumieron automáticamente como impulsores de esta actividad en el estado potosino.
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Yo sólo fui a cinco películas en la Fiesta del Cine y he de hablar de cómo me fue en la feria. El sábado fue la penúltima jornada de exhibiciones y se llevó a cabo la clausura, hecho que aún no termino de entender, al igual que el folleto de la programación. Éste merece un comentario aparte.
En un momento creí que su prosa estaba organizada en una serie de códigos juveniles que me eran ajenos. De hecho un amigo mucho más joven que yo también pensó lo mismo. Es más, sugirió que lo habían redactado en WhatsApp y que de ahí lo habían copiado y pegado al folleto, lo cual me pareció tan lógico y plausible como cualquier otra explicación.
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Estuve las tardes del sábado y del domingo 24 y 25 de septiembre en el Teatro Polivalente del Ceart, dispuesto a ver todo lo que se proyectase en funciones de las 4, 6 y 8 de la noche. La pantalla acondicionada en el recinto presentaba un daño visible en el cuadrante superior izquierdo. La proyección, según el folleto antes mencionado, se llevó a cabo en blu-ray y en Digital Cinema Package (DCP).
El audio en más de una película fue por momentos inentendible. El nivel de los diálogos era muy bajo y el de la pista de efectos demasiado alta. Ello puede ser atribuible a defectos del equipo de proyección y amplificación o al registro realizado por los cineastas, como se verá más delante cuando hablemos de Semana Santa.
Quedan para el anecdotario las sacudidas del proyector cuando alguien subía a la cabina y que hicieron estremecerse más de una vez el cuadro de la imagen proyectada. Además el Teatro Polivalente tiene butacas que compiten con las más incómodas de San Luis Potosí. Hubo quienes vimos tres películas en un solo día. Creo que merecemos reconocimiento especial y un bono de descuento para consultar a un quiropráctico.
El ambiente del sábado era festivo. Como es costumbre en el Centro de las Artes San Luis Potosí Centenario había un evento social en el patio de entrada. Los asistentes a la Fiesta del Cine tuvimos que entrar por la puerta no trasera, pero si lateral que se encuentra en la Calle de la República.
Al final de la función de clausura hubo una fiesta donde no faltó la bebida. Tuvimos toda la que quisimos: vino tinto, mezcal, cerveza y agua embotellada. Más allá de los ríos de alcohol gratuitos fue una bella convivencia: una de las ventajas del Polivalente con respecto, por ejemplo, de la Cineteca Alameda son los patios aledaños que, haya fiesta o no, invitan a quedarse y platicar después de la película. Ahí es donde se socializa el cine. Es el momento donde dejamos de ser público para volvernos comunidad. Ojalá se afine la proyección y se continúe la dinámica.
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Pero para mí siempre lo más importante son las películas. La primera que vi fue Mi amiga del  parque, producción argentina (según el folleto) o argentina – uruguaya según Imdb, dirigida por Ana Katz y estrenada en 2015. La historia no soporta la endeble construcción del personaje principal y se torna insoportable por su falta de lógica argumental. La puesta en escena es concisa, pero la narrativa pobre.
La mejor de todas las que vi fue Desde allá (Venezuela y México, 2015) dirigida por Lorenzo Vigas y escrita por él y Guillermo Arriaga. Se trata de una película sólida, cinematográficamente creativa, socialmente provocadora y no por la preferencia sexual de los protagonistas sino por la dura reflexión en torno al torno al burdo ejercicio del poder. El realizador nos anunció, antes de la proyección, que llegaría a salas comerciales. Se merece, cuando ello ocurra, un comentario mucho más amplio, ya que es de las mejores películas que visto este año.
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Lo que el sábado era fiesta el domingo se tornó resaca. La vendimia de comida y bebida había desaparecido. En el patio quedaban vestigios no muy higiénicos de la noche anterior. Lo único disponible para el deshidratado hubiera sido el agua de la llave en el baño. Por momentos había más gente de la organización que público. Y sin embargo ninguna función estuvo vacía. Esto para bien o para mal porque todas las películas desilusionaron, aburrieron y enfadaron.
Maquinaria Panamericana (Joaquín del Paso. México, 2016) pretende ser un film de Roy Andersson frustrando al espectador, quien al principio (al menos hasta el momento en que revisan las tuberías) podría haber esperado una comedia negra e imaginativa. Pero a partir de ese momento no tiene una escena ni cinematográfica ni narrativamente interesante.
Esa sensación es película de varias historias más bien mal trenzadas, dirigida por Juan Cavestany, Julián Génisson y Pablo Hernando. Según el folleto es una producción mexicana filmada en Madrid y según Imdb es española. Su mayor mérito radica en su breve duración de menos de 80 minutos, aunque se pudo haber eliminado una de las historias y como si nada hubiera pasado. Me parece un comentario muy pobre pero creo que no hay nada que pueda destacar de esta cinta.
Y cuando el atardecer lluvioso, el fresco del otoño temprano y la soledad carcelaria de la antigua penitenciaria pudieran haber anunciado un mejoramiento forzado por el combate al ánimo melancólico entonces, precisamente entonces, vino lo peor.
La última película fue Semana Santa de Alejandra Márquez Abella, estrenada hace dos años (2014) en su primer festival. El film narra, con torpeza evidente después de la secuencia de créditos, el viaje a Acapulco de la pareja formada por Chávez (Tenoch Huerta) y Dali (Anajosé Aldrete Echevarria), acompañados por  el hijo de ella, Pepe (Esteban Ávila).
La secuencia de créditos incluye una serie de planos, muchos de ellos vacíos, del espacio central del filme, identificado en la secuencia final de créditos como el Hotel Caleta de Acapulco. Interesante propuesta que no deja de remitir a Club Sándwich (Fernando Eimbcke, 2013) pero que pierde sentido porque la escena siguiente rompe la unidad del espacio, mostrando el viaje en carretera, en lo que se puede considerar una falta de rigor fílmico.
El audio fue una verdadera tortura. Los diálogos más de una vez resultaron inentendibles. Pensé, a partir de otras experiencias, que se trataba de las condiciones de proyección. Pero llegando a casa reproduje, en mi televisor y con un equipo de amplificación adecuado, el tráiler y descubrí que presentaba los mismos problemas.
Tenoch Huerta probablemente sea lo mejor de la película. Su fortaleza física queda desarmada casi de inmediato. Para su personaje, Chávez, el viaje representa la posibilidad de incorporar el pasado a su presente, sus padres, su mujer y su hijastro en ciernes. Pero topa con pared por la inestabilidad emocional del personaje de Dali y por su propia fragilidad económica. El suyo es un personaje que aspira a poco pero que puede mucho menos: crónica de la precariedad contemporánea.
De lo peor es la confección del personaje de Dali. Consumidora de droga, ausente como madre, manipuladora en el día a día, con alguna escena verdaderamente patética como la del karaoke, de pronto sumida en el anhelo por el padre de su hijo muerto tiempo atrás. Al vástago, por cierto lo pierde al final de la película, lo que suena como un eco de Semana santa en Acapulco (Viacrucis Nacional) (1981).
Pero a diferencia de la película de Luis Alcoriza que finalmente es una forzada investigación sociológica del hacinamiento chilango trasladado al Pacífico lopezportillista, en Semana Santa se va en contra de toda referencia a las fechas que señala su nombre. Los paisajes no sólo están degradados sino que se muestran devastados. Se puede apelar al uso expresionista de las locaciones pero se pierde toda verosimilitud respecto a la locura colectiva de Acapulco en vacaciones.
El saldo final de las películas vistas es negativo. No puedo hablar de las que no vi, que fueron la mayoría. Pero cuatro de cinco filmes vistos son pequeños en sus logros, fallidos en sus intenciones y, para ser audiovisualizados, requieren de una actitud estoica contraria al espíritu de la fiesta.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Realidades de humo

En un hecho inusitado para la cartelera cinematográfica potosina se exhibió el largometraje de ficción Realidades de humo (Joaquín Ortiz Loustanau. México, 2014) el mismo día que los documentales Huicholes, Los últimos guardianes del peyote (dirigida por Hernán Vilchez y como parte de de la exposición “Mundo wixárika”) y Unión - Larga vida (Union Fürs Leben dirigido por Rouven Rech en la función inaugural del tercer Festival CineMA). Todos los eventos contaron con la participación, de una u otra manera, de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de San Luis Potosí. No deja de sorprender la capacidad de la Secult para dividir al público, privándolo de acceso a la oferta cinematográfica al momento que el espectador debe escoger cualquiera de las tres películas empalmadas, que bien se pudieron proyectar en otras fechas.
Apropiándome del recuento, la investigación y el relato del cine hecho en San Luis Potosí, decidí ir a ver Realidades de humo, que además se presentó en el marco del Festival Internacional de Cine de San Luis Potosí, entidad cuyo funcionamiento nunca he entendido, ya que al parecer en lugar de programar bloques de películas en fechas específicas mas bien “poleniza” la cartelera de todo el año, haciendo que surjan funciones de cine como si fueran flores que crecen de mes en mes. Mal tino en el mejor de los casos. Muestra de falta de solidaridad con los otros festivales de la ciudad, en especial con el CineMA, en el peor de los ellos. Que cada quien saque su conclusión de un asunto que escapa a mi entendimiento.
Trataré de concentrarme en el largometraje de Joaquín Ortiz Loustanau, entusiasta realizador autodidacta, profesor del Centro de las Artes San Luis Potosí Centenario (Ceart), cuyo mayor mérito (y no es menor) es haber levantado el proyecto y haberlo llevado a su fin. En la presentación alguien se refirió a la “industria” cinematográfica potosina. Sin duda lo hizo desde el desconocimiento profundo de los métodos artesanales que usan quienes hacen proyectos fílmicos en nuestra ciudad, en particular, y en la nación en su conjunto.
Una industria tiene la capacidad para realizar una película tras otra e incluso varias al mismo tiempo, generalmente con una organización sofisticada de sus recursos humanos, materiales y financieros. El modelo de producción artesanal, por el contrario sólo puede hacer un película a la vez y, en ocasiones, hay grupos de cineastas que ponen en juego habilidades y recursos una única ocasión para un sólo film. Este último es el caso de los productores potosinos, quienes terminan muchas veces haciendo grandes proezas para terminar y proyectar una película.
Realidades de humo está basada en una historia original de María Zaragoza. Su adaptación, escritura del guión, edición y dirección estuvieron a cargo de Joaquín Ortiz Loustanau. Evaluar la la manufactura del guión es algo muy complejo, ya que gran parte de la película resultó inaudible.
Esto se puede explicar de dos maneras. La primera tendría que ver con la deficiente sonorización con que cuenta la Cineteca Alameda, ampliamente comentada en este espacio. Sin embargo se han proyectado otros proyectos artesanales potosinos que han resultado perfectamente audibles, por ejemplo Peyote (Omar Flores Sarabia. México, 2014. Con Omar Blanco y Juan Manuel Ramírez en el departamento sonoro). Si uno no quiere quitar de la ecuación las deficiencias de la Cineteca Alameda (lo cual no sería razonable), debería escuchar con atención el trabajo que en Realidades de humo realizaron Memo Mena y Christian “Kore” Saldaña, quienes firman a la cabeza del departamento de audio de la película.
En Realidades de humo se percibe demasiado alto el sonido ambiente, al grado de resultar inverosímil para interiores. También la voz femenina pierde presencia, dejando en primer plano la masculina, seguramente captadas ambas por el mismo micrófono. También se hizo una selección muy riesgosa de las locaciones. La mayor parte de la película transcurre en un departamento que se ubica cerca de una vía muy transitada, que podemos inferir se trata del periférico de la capital potosina. Cuando se escoge una locación ruidosa como ésta hay que suspender el tránsito cuando se filma (algo imposible en la producción artesanal a cargo de Ronnie Medellín). O bien hay que aislar el departamento, recurriendo a trucos y técnicas arduos pero al alcance de los realizadores locales. En última instancia hay doblar los diálogos y mezclarlos con tomas de sonido ambiente, lo cual a estas alturas parece la única salvación posible para el film.
Si los diálogos son transmisores de información valiosa para la historia que narra la película, entonces tratar de resumir la anécdota de un film que mas o menos se escucho, no deja de ser algo temerario. Trataré de hacerlo con riesgo de errores, desde luego. Quien quiera conocer la sinopsis oficial puede ir al sitio de la película (hacer click aquí). Ella (Nayelly Acevedo) y Él (Noé Alvarado) sostienen una relación extramarital. De ella sabemos que está casada. De él entendemos que es pintor. Se alternan sus encuentros sexuales, sus coincidencias casuales y sus sueños, donde pueden estar juntos permanentemente. De hecho un motivo recurrente es el cuento de Gabriel García Márquez, Ojos de perro azul, ya que los planos oníricos y del mundo real se sobreponen y luchan entre ellos para reunir y separar a los amantes.
Obligado a ubicar Realidades de humo en un género este sería el del cine erótico. No hay mucha originalidad en ese dicho, pero el asunto es espinoso. El erotismo, como tema, tiene que ver con la incorporación de la vida sexual a la vida social (hay que leer, entre otros, La doble llama de Octavio Paz). Siempre ha habido un dejo de subversión en este tipo de cine. Y se antoja que una película como esta, hecha en el contexto de una ciudad supuestamente apegada a valores conservadores como San Luis Potosí, debería de tener esa carga crítica.
Realidades de humo se queda a medias. Los actores casi todo el tiempo están desnudos o semi desnudos. Y sin embargo el film entibia sin calentar. Muestra sin perturbar. Sugiere sin reflexionar. Ella y él practican sexo simulado bastante convencional, mucho mas convencional que el de películas realizadas hace unos cuarenta años, como El último tango en París (Ultimo tango a Parigi. Bernardo Bertolucci. Francia e Italia, 1972) o El imperio de los sentidos (Ai no korîda. Nagisa Ôshima. Japón y Francia, 1976). A Realidades de humo le falta mantequilla o huevo. Y el que haya visto las películas mencionadas entenderá a qué me refiero.
Mas recientemente en México se han hecho filmes mucho mas provocativos. Batalla en el cielo (Carlos Reygadas. México, Bélgica, Francia, Alemania y Países Bajos, 2005) y Año bisiesto (Michael Rowe. México, 2010) serían dos ejemplos. ¿Es una desproporción citar estos filmes en el caso de la ópera prima de Loustanau? No creo. Ha trascendido que la intención de los realizadores es presentarse en festivales. A ese tipo de público no le pasarán por alto las referencias al anonimato de los personajes que comparten con los de Bertolucci ni el encierro con motivos orientales que también construye Ôshima (con todo y asfixia incluidos). Y los filmes mexicano son referencias ineludibles cuando se quiere competir a esos niveles.
Desafortunadamente eso pasa a segundo plano ante las deficiencias técnicas que presenta Realidades de humo. El sonido es la principal de ellas. Sin su corrección jamás podremos tener claro si la actriz Nayelly Acevedo tiene problemas de dicción o no. Es mas, no sabremos a ciencia cierta de qué trata la historia.
Es cierto que hay un manejo (novedoso para el entorno local) de la fotografía, a cargo de Bernardo González Burgos, quien usa y abusa del foco selectivo. Utilizando cámaras con óptica sofisticada pudo elegir zonas de claridad relativamente precisas. Pero este recurso no termina de encajar en el conjunto de la obra: podría verse como un acto de pudor ante los desnudos, de por si poco provocativos. La escena que se presenta como la mas provocativa, aquella del desnudo frontal de Noé Alvarado donde está a punto de masturbarse, es cortada antes de empezar. Entonces: ¿no será mas bien el desenfoque una manera de bajar el tono y de incorporarse a una moral supuestamente aceptada por la mayoría en nuestra ciudad?
Hay una actitud muy complaciente en la dirección, un ánimo bastante amateur que obliga al director, a sus amigos y colaboradores a hacer cameos (apariciones pequeñas) en escenas que se pueden eliminar perfectamente, como la de la barra del bar o aquella en la que el personaje de Noé Alvarado sale al pasillo de su edificio como si fuera Daniel Giménez Cacho en Sólo con tu pareja (Alfonso Cuarón. México, 1991). Es como una necesidad de reconocimiento, un decir: “mírenme, no pierdan de vista que es mi película”.
Esta actitud y la falta de pericia técnica es la carta de presentación de la enseñanza del cine en el Centro de las Artes San Luis Potosí Centenario, en donde Ortiz Loustanau ha impartido cursos. El logo de este Centro aparece en pantalla, al igual que el de otras instituciones. Pero por ser la adscripción del director, el Ceart resulta mas que relevante y puede ser muy significativo. Es como decirle, a quienes estudían ahí, que es el tipo de películas al que pueden aspirar como futuros cineastas.
Sin embargo, creo que el asunto central son las deficiencias técnicas, que abren un abismo entre las intenciones de los realizadores y sus verdaderos alcances. Uno particularmente grave, que abarata en su conjunto la producción es el chroma key que se utiliza en la ventana de la habitación oriental. En una escena, no se recorta bien la imagen y el fondo se ve a través del sostén que usa la actriz. Y eso por no hablar de la utilería tan pobre que usa una lámpara china absolutamente precaria, realizada al parecer con palitos de paleta, que, por otro lado, quizá sean los mejores palitos de la película Realidades de humo.