Desde que publiqué la crónica de mi salida del programa Zona Cultural, administrado por la Secretaría de
Cultura del Gobierno de San Luis Potosí, he conocido
detalles mas precisos de lo que no ocurrió en la cabina
de Magnética FM y que conocí por diversos testimonios.
Ayer escribí que el conductor del programa, sacado del aire después
de una emisión dedicada a la Cineteca Alameda, Daniel Portillo
Rosales “fue llamado por Juan Carlos Díaz Medrano, director
general de desarrollo cultural de la Secretaría de Cultura del
Gobierno de San Luis Potosí y fue notificado de su salida del aire”.
Según fuentes que pidieron su anonimato esto no fue así.
Díaz Medrano no decidió la salida de Daniel Portillo. Ni tampoco se
la comunicó. Ambos tuvieron una charla y el director de desarrollo
cultural solicitó escuchar el audio que, al parecer,
no estaba disponible en toda la Secretaría y cuya copia digital me
fue solicitada vía correo electrónico.
Todo apunta a que la salida del aire de Portillo Rosales fue decisión de cierto funcionario muy cercano
a la desprestigiada ex alcaldesa Victoria Labastida Aguirre. Eso
tiene lógica, si recordamos que Mario Candia, director de la
Cineteca Alameda, también pertenece a ese grupo.
Es arduo tener una certeza de esos detalles, pero me queda
claro que los pequeños intereses personales de los directores de
la Secretaría de Cultura han pavimentado el camino para uno de los
proyectos mas importantes de la actual administración: desaparecer
la Cineteca Alameda y convertir el recinto en la sede de la Orquesta
Sinfónica de San Luis Potosí.
Ayer no quería parecer una víctima. Hoy no quisiera parecer un
columnista, no porque tenga nada de malo, sino por que me considero crítico de cine. Pero la realidad es la que impone el
tono. Y en última instancia mi preocupación principal, compartida por la gente que reaccionó en redes sociales, es el riesgo que, percibimos, corre la Cineteca Alameda y su labor de difusión del arte fílmico.
Hace dos semanas fue la última vez que colaboré en la radio. Ese
día fue removido del programa Zona Cultural el locutor Daniel
Portillo Rosales y yo, como su colaborador, también quedé fuera.
Espero no parecer una víctima, pero hay elementos para pensar que se
dijeron cosas que no agradaron a directivos de la instancia de
cultura del gobierno del estado, especialmente a los encargados de la
Cineteca Alameda. Hago a continuación una crónica.
Durante 15 meses colaboré en el programa Zona
Cultural, espacio radiofónico organizado por la Secretaría de
Cultura del Gobierno del Estado de San Luis Potosí en colaboración
con otras instituciones y transmitido por Magnética FM en el 107.1
del cuadrante y también vía internet.
En las primeras transmisiones yo me trasladaba físicamente a la
cabina de Magnética FM para hacer mi comentario. Posteriormente los
enlaces fueron telefónicos. De cualquier manera siempre tuve a la
mano un texto de apoyo más bien estructurado. No considero tener
demasiada capacidad para improvisar. Pienso que mis ideas fluyen
mejor si antes las escribo aunque no las lea. Es en la letra impresa
donde encuentro sentido a lo que en principio son impresiones. Y creo
que de eso trata la crítica de cine.
Al cabo de un mes había acumulado un conjunto de textos. Pensé que,
con un poco de trabajo estilístico, podrían ser interesantes para
el público que no estaba interesado en escuchar, pero si en acceder
a la hora que quisiese y desde donde pudiera (siempre que tuvieran
una conexión a la red) a un comentario sobre películas en cartelera
o que hubiesen sido importantes pero fugaces en su exhibición, como
suele pasar en los festivales y muestras de cine.
Al cabo de este tiempo el blog Rubén Gaytán Duque. Textos
Coyunturales de Cine ha acumulado más de 12 mil visitas para 81
entradas. Seguramente un manejo mas hábil de las redes y un
contenido mas a gusto de los lectores lo pudieran haber hecho mas
exitoso. Pero quizá por la manera que tienen los medios en internet
de llevar una cuenta supuestamente exacta de sus visitas, yo cada vez
estaba mas sorprendido pensando en que un libro puede tener un tiraje
entre 300 o mil ejemplares y que de ellos muchos no se distribuyen y
que de esos menos aún son leídos. Aquí por lo menos 12 mil veces
se le ha dado click a un espacio que contiene mis ideas. La suma del
blog y otras redes sociales al medio “tradicional” que es la
radio me resultaba muy atractiva.
Casi siempre las intervenciones en Magnética FM tenían que ver con
la exhibición de películas en las mal llamadas “salas
comerciales” (Cinépolis y Cinemex en nuestra ciudad). Pero también
hablé, por lo menos unas 10 veces, sobre las exhibiciones y
actividades de la Cineteca Alameda, que es la sala a cargo de la
Secretaría de Cultura. Recuerdo que la primera vez que lo hice le
mandé primero el texto a Daniel Portillo. Le dije mas o menos así:
si este texto te genera un conflicto mejor no lo leo. Yo entendía y
aún entiendo que él trabaja en la Secretaría y que el espacio era
administrado por esa entidad pública.
Su respuesta fue: “adelante”. Él consideraba que su espacio no
fuera sólo de loas al trabajo de la institución, sino que se debía
balancear con el señalamiento crítico. Y desde ahí, no puedo decir
que semana tras semana, pero regularmente, di cuenta de los problemas
de la transición digital vividos por la Cineteca Alameda, de sus
desaciertos al momento de programar, de su falta de una política
general de estímulo al arte cinematográfico y de las dudas, según
yo justificadas, sobre su permanencia como como espacio de exhibición
fílmica.
Al principio fue sorpresa: no esperaba poder articular una crítica
tan constante (y según yo oportuna) desde un micrófono controlado
por la Secretaría de Cultura. Luego fue la sospecha: ¿quién nos
escuchaba realmente? No me refiero con esta pregunta al público de
la radiodifusora. No soy un fanático de los llamados “nuevos
medios digitales” de esos que dan por muerta a la radio. Al
contrario: sé que los radioescuchas ahí están, no sé cuántos
sean pero sí que son más discretos que los usuarios de la red. Así
es el medio y así me gusta.
Mi duda era mas bien: ¿nos escuchan en la Secretaría de Cultura?
¿Había alguien que le diera seguimiento a la calidad de los
contenidos, a la claridad de la transmisión, a la oportunidad de los
anuncios o al respeto de una línea política que yo suponía
instaurada por los directivos de la institución? Mucho me temía que
no.
Pero finalmente llegó el día de mi última participación en Zona
Cultural. El lunes 27 de abril yo tenía listo un texto sobre una
película que no creí durase mas de una semana en cartelera, pero
que era interesante por varias razones y relevante por lo menos para
una parte del auditorio. A las 11:30 esperaba entrar al aire. Incluso
lo anuncié en mis redes sociales. La llamada no llegaba y,
escuchando la radio, me di cuenta de que tenían problemas para
llamar a mi celular.
Eso ya había pasado en otras ocasiones. Mientras yo marcaba desde un
teléfono de piso, Daniel Portilllo hizo una serie de comentarios
sobre el traslado de la sede de la Orquesta Sinfónica del Estado al
edificio de la Cineteca Alameda. Cuando entramos al aire yo no retomé
el tema: realmente quería hablar sobre la película brasileña
Tocando la luna [Título original: Flores Raras. Dirección:
Bruno Barreto. País: Brasil. Año: 2013] de tal forma que aproveché
los minutos que tenía para dar cuenta de sus méritos y defectos.
Pero en mi muro de Facebook si puse un comentario donde mencioné que
no estaba de acuerdo con lo dicho por Daniel. Un poco mas tarde
recibí un mensaje suyo. En un tono que percibí apurado me invitaba
a ir al día siguiente, martes 28 de abril, a la cabina y tener un
debate sobre la situación de la Cineteca. Tuve mis dudas, pero
finalmente acepté. Nos acompañaría en cabina Adrián Ibelles, el
joven encargado del Cine Club Universitario, titular de la emisión
de ese día de la semana.
El lunes en la tarde asistí a una proyección de la película Ida
[Pawel Pawlikowski. Polonia, Dinamarca, Francia y el Reino Unido.
2013] la primera que de una película de ficción ganadora del Oscar
se llevaría a cabo en la Sala Lupe Vélez. Me interesaba ser testigo
de las condiciones de exhibición y de ellas di cuenta en un textopublicado al día siguiente, que al menos parcialmente cité en Zona
Cultural.
Grabé muchas de mis intervenciones a lo largo de 15 meses. Esta fue
una de ellas. En un primer momento creí que era el único que tenía
este material, además de la estación que seguramente hace
seguimiento de todo lo que se transmite. Pero en fechas recientes un
amigo subió al sitio You Tube otro registro. Le falta al inicio la
entrada del programa, pero creo que el grueso de los comentarios aquí
están y se pueden consultar.
A grandes rasgos Daniel sugirió que la presencia de la Sinfónica en
la Cineteca tenía que ver con que el público no respondía a las
programaciones de ambas instituciones. Que era muy poca la gente
(comparado con otros espectáculos comerciales) que asistía a los
conciertos de la Sinfónica y las exhibiciones de la Cineteca.
Yo planteé que eso era multifactorial. Que en los últimos años el
público se ausentaba de las salas cinematográficas en general pero
que en Cineteca Alameda el asunto era más grave por las deficiencias
de su transición a lo digital. Que si bien ahora se cuenta con un
cañón Full HD esta resolución es menor que la de las salas
comerciales. Aunque se habían hecho arreglos al patio de butacas e
incluso a los baños, había un problema tenía que ver con la
capacidad de la Cineteca.
Comparé por, ejemplo, la situación de la Cineteca de San Luis
Potosí con la de Zacatecas, cuyo aforo es mucho mas pequeño y luce
lleno mucho mas fácilmente, al grado de que una función con 80
espectadores se podía considerar exitosa y el doble de público en
la capital potosina hace lucir a la sala casi desierta.
Es un asunto complejo, apunté, debido a la importancia histórica
del Teatro Alameda, sede de la Cineteca. Este edificio es el único
coloso de los años cuarenta que sigue funcionando como sala. El
resto ha desaparecido. Por un lado se antoja conservarlo como tal
pero habría que evaluar su pertinencia como “sala cinematográfica
de arte”.
Si lo que se busca es que la gente vaya a Cineteca yo propuse:
Que ir a Cineteca Alameda permita convivir con los demás cinéfilos
aunque eso pueda potencialmente crear vínculos que quizá no sean
deseables para las autoridades.
Que la Cineteca organice más experiencias didácticas: cursos,
charlas, conferencias, cafés cinematográficos y lo que se les
ocurra para que el público adquiera conocimientos que les permitan
entender filmes innovadores formal y temáticamente.
Que la Cineteca Alameda no sea un espacio hostil y que las
proyecciones y la estancia valgan lo que cuesta la entrada. A fin de
cuentas la Cineteca es una sala comercial sólo que dedicada a un
público específico, dije al aire. También consideré
indispensable que el público no viviera malas experiencias como fue
la proyección de Ida en la Sala Lupe Vélez que califiqué como una
de las peores ocurrida en toda mi vida. Las malas experiencias
fílmicas son un atentado contra la cultura. En Cineteca no sólo se
deben proyectar bien las películas. También se debe fomentar el
arte cinematográfico informando, educando y seduciendo.
Señalé, retomando un punto propuesto por Adrián Ibelles, que era
bien válido exigir y adelanté que en caso de que se pretendiera
desaparecer a la Cineteca Alameda si habría una reacción de
apasionados del cine. Además que la Orquesta Sinfónica del Estado
merece todos los respetos, entre ellos el de tener su propio espacio.
Incluso si el Teatro Alameda era el lugar adecuado para ella que ahí
se quedara la Orquesta y que se construyera una nueva Cineteca.
A grandes rasgos fue lo que dije.
Ahora vamos con lo que no se dijo: a partir del minuto 28 de la
grabación Daniel Portillo señala algo muy interesante: que estaban
ocurriendo cosas que no podía decir al aire porque sería una falta
de ética, pero que había enroques que habían generado todos esos
cambios. En ese momento recibí un mensaje por el celular,
incitándome a que “le sacara la sopa” a Daniel. No lo hice
porque pensé que le podía costar el trabajo.
Lo que ocurrió esa tarde, después del programa, es que Daniel
Portillo Rosales fue removido de la conducción del programa Zona
Cultural los días lunes y martes y, por lo tanto, yo dejé de ser
invitado a colaborar. Al parecer finalmente alguien escuchó en
Secretaría de Cultura. Ese día se esperaba una participación
telefónica del director de Cineteca Alameda, Mario Candia, para
promocionar la última función de Ida. Nunca se pudo llevar a cabo.
Yo fui testigo de ello por estar en la cabina.
¿Estaría Mario Candia escuchando el programa? No lo sé. El asunto
es que Daniel Portillo fue llamado por Juan Carlos Díaz Medrano,
director general de desarrollo cultural de la Secretaría de Cultura
del Gobierno de San Luis Potosí y fue notificado de su salida del
aire. Incluso recibí un correo electrónico, de una cuenta a su
nombre, donde me pide acceso a mi copia del programa, que yo había
subido a un espacio en la nube y se lo permití por solicitud de
Daniel.
Al parecer nadie llevaba ese seguimiento ni tenía el cuidado de
grabar los programas (hasta donde sé esa sería responsabilidad de
un área de comunicación social) al grado que también me solicitó
acceso a ese archivo un usuario con el nombre Vladimir Zamarripa con
la cuenta de correo electrónico vladimircineteca@gmail.com,
coincidentes ambos con el apelativo y el contacto del programador de
Cineteca Alameda, según consta en su página de internet.
Entre lo dicho y lo callado el asunto es que se cerró mi espacio de
colaboración en Zona Cultural. Lo lamento no tanto por mi, sino por
la piel suave que han demostrado tener los funcionarios públicos a
cargo de la cultura en San Luis Potosí. Así es cómo se responde a
las críticas y a los señalamientos: acallando las voces que (a
veces sin que se dieran cuenta) ejercemos la crítica.
Los textos aquí están, para quien guste leerlos y escucharlos. El
lector deberá sacar sus propias conclusiones.
Por lo pronto me voy con el buen recuerdo de las atenciones que
siempre tuvo la gente de Magnética FM, generosos y amables a mas no
poder. Me quedo con el movimiento perpetuo de Daniel Portillo,
inquieto y comprometido como pocos, apasionado del micrófono ante
todo. Me quedo también con este espacio, derivado de mi intervención
en Magnética. Lo seguiré alimentando hasta donde la energía lo
permita. Buscaré otro medio de los llamados “masivos” o
“tradicionales” para complementar una estrategia de comunicación.
No está mal tomando en cuenta que uno es un tipo solo que escribe
después de haber visto una película.
Casi como si fuera una canción de Miguel Bosé (“en secreto y en
silencio”) inicia hoy la Muestra Internacional en Cineteca Alameda.
La Muestra es uno de los eventos mas esperados de la comunidad
cinéfila. El viernes primero de mayo, en la página oficial de la cineteca de San Luis Potosí, aún no estaba anunciado el evento. Y
ayer (domingo 3) aparecía un banner que anunciaba algunas de
las películas. Pero por ningún lado encontré como tal el texto
“Muestra Internacional de Cine”.
Es cierto que algunos medios como Hoy San Luis y Pulso
anunciaron desde hace días el evento. Pero la página oficial de
Cineteca es un elemento fundamental de difusión, que no pueden
sustituir ni las redes sociales. El sitio oficial debería ser donde
pudiéramos obtener su cartelera de manera eficiente. Pero no es así.
Me pregunto si realmente las autoridades, no sólo de Cineteca
Alameda sino de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de
San Luis Potosí, desalientan intencionalmente la asistencia a la
sala y con ello pretenden justificar un posible cierre o
confinamiento de la exhibición a la inadecuada y honerosa Sala LupeVélez. No hay que perder esto de vista.
Mientras tanto pretendo publicar, el día de su exhibición, unos
cuantos textos sobre las películas que ya he podido ver (el programa
estuvo en Cineteca Nacional en el mes de marzo y abril) y también
daré cuenta de aquellas películas destacadas que vea en estas dos
semanas, aunque sea después de su exhibición ya que, después del
fracaso que implicó la proyección de Ida [Pawel Pawlikowski. Polonia,
Dinamarca, Francia y el Reino Unido. 2013], no sé si Cineteca
Alameda vuelva a programar alguna de estas películas. Lo que, por
otro lado, debería ser su obligación, su labor fundamental,
complementada estratégicamente por campañas de difusión y
educación fílmicas adecuadas.
La 58 Muestra Internacional de Cine en San Luis Potosí arranca con
la exhibición de El capital humano [Título
original: Il capitale umano. País: Italia. Año: 2013],
una película ha ganado 42 premios internacionales y es el
trabajo número 17 de su
director, Paolo Virzì.
El filme tiene como evento principal
un accidente sufrido por un camarero que, una noche de invierno en
una ciudad de provincia de Italia, es embestido por un vehículo que
se da a la fuga. En torno a este incidente se van armando un puñado
de historias de padres y de hijos. Unos pertenecen a la clase media y
aspiran a formar parte del segmento más privilegiado de la sociedad.
Otros son inversionistas y especuladores, miembros exitosos de la
burguesía. Otros más son
los perdedores de siempre: confinados al trabajo arduo, la pobreza,
las drogas y el delito.
El guión de El capital
humano (escrito por el
director en colaboración con Francesco Bruni y Francesco Piccolo
y basado en la novela de Stephen
Amidon) sigue una de las
rutinas consentidas del moderno cine exquisito: la fragmentación del
relato en varios capítulos asincrónicos
que adoptan el punto de vista
de diversos personajes y
aclarando paulatinamente las
ambigüedades planteadas al arranque.
Por un lado hay que reconocer que la
película resulta clarísima, alejada de cualquier vestigio de
confusión y
con todas sus líneas cerradas al final. Pero en contra parte de este
eficiente uso de la técnica narrativa, el resto de los aspectos
estéticos del filme no resultan imaginativos.
En uno de los segmentos incluso se
llega a abusar del oscurecimiento de la pantalla como estrategia de
economía del relato:
para no ver lo que los
espectadores hemos visto
antes, al momento de mostrarnos el mismo evento (una premiación en
un colegio católico), reiteradamente se usa el desvanecimiento de la
imagen al color negro. Esto vuelve eficiente el relato y
convencional la técnica de
la edición.
De igual forma el uso de un formato
muy ancho, que guarda una proporción de 2.35 veces el alto de la
imagen, nos da la impresión opuesta
al conjunto de la película.
Los capitales, incluyendo El capital humano,
son frágiles:
en el entorno social en que ocurre la historia pueden desaparecer de
un momento a otro. Los encuadres de la película, por el contrario
manifiestan una solidez extraordinaria.
Un
ejemplo: cuando Carla (Valeria
Bruni Tedeschi)
nada en la alberca y recibe la noticia de la crisis por la que pasan
los negocios de su marido, la cámara se
mantiene firme
en el piso, haciendo composiciones con líneas horizontales y
verticales perfectas.
La
cámara va por un lado y el sentido profundo de la historia va por
otro.
Por otra parte, el director parece
tomar partido desde el principio por algunos de sus protagonistas.
Dino (Fabrizio Bentivoglio),
el aspirante a arribista, es bastante desagradable: su cabello
desordenado, los pantalones y el reloj de color chillante son
chocantes y más por el
contraste que representa con el pedante pero
impecable personaje
interpretado Fabrizio Gifuni
(Giovanni). De cualquier
forma, el papel de los padres en esta película es ser despreciables
y mantenerse ausentes, de las madres ser ignorantes y de los hijos
ser víctimas. Hay que volver a ver La regla del juego
[La règle du jeu. Francia. 1939] de Jean Renoir para recordar que
todos tienen sus razones.
Yo no puedo estar más de acuerdo
con la postura política del film, que aspira a retratar y
criticar a quienes considera
responsables de la crisis económica que vivimos (incluso el
personaje de Carla lo dice, en su último plano frente al espejo).
Pero en su eficiencia narrativa el
guión se vuelve maniqueo:
dividiendo a los
personajes en buenos y malos
los confina a una sola
dimensión, escatima profundidad por abarcarlos en plano de conjunto
y nos consuela con la melodramática solución de que el amor puede
sortear todos los obstáculos y sobrevivir en ese ambiente hóstil al
conjunto de la vida
humana.
Avengers: era de Ultrón [Título original: Avengers: Age of
Ultron. Director: Joss Whedon. País: Estados Unidos. Año: 2015] es
uno de los filmes más esperados de este verano que arranca.
Evidencia: el jueves 30 de abril el lobby del conjunto al que
asistí a verla, en punto de las 10 de la noche, estaba llena de
gente que entraba y salía de las salas donde la exhibían. Otra: al
día siguiente, primero de mayo, había gente esperando a las nueve
de la mañana para entrar a los cines que no se habían abierto. Las
expectativas fueron muchas y el resultado cuestionable.
La película narra el ataque que organiza, con fines de exterminio
global de la raza humana, la inteligencia artificial llamada Ultrón
(que tiene la extraordinaria voz de James Spader en su versión
original) y que es repelido por el conjunto de superhéroes formado
por Capitán América (Chris Evans), Iron Man (Robert Downey Jr.),
Thor (Chris Hemsworth), Hulk (Mark Ruffalo), Black Widow (Scarlett
Johansson) y Hawkeye (Jeremy Renner).
Este el corazón narrativo de la película escrita por Joss Whedon a
partir de los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby. Por lo
tanto resulta sorprendente que tenga una duración en pantalla de 2
horas con 21 minutos según el sitio IMDB. La falta de concentración hace
gran mella en el abigarramiento, o mejor dicho, en el muégano que
resulta ser finalmente la película.
Como el dulce mexicano, antaño responsable de pegajosas texturas en
las salas nacionales, Avengers: era de Ultrón carece
de una fuerte unidad formal: su
núcleo tiene mal pegadas
una serie de anécdotas secundarias incapaces de alzar el vuelo y que
lastran
la progresión dramática de la anécdota. El filme resulta
empalagoso, arduo de deglutir, tedioso de consumir.
La película arranca con el asalto
de los héroes a una fortaleza de la organización Hydra para
recuperar el cetro de Loki (el villano hermano de Thor) tan perdido
como yo entre tantas referencias a las otras películas de los
protagonistas. Y de ahí empieza a disgregar. Hay encuentros con
futuros miembros de Los Vengadores, la construcción de la
inteligencia artificial, peleas entre los miembros del equipo,
encuentros amorosos, descubrimientos de vidas familiares inéditas,
enfrentamientos individuales de los protagonistas con sus miedos más
profundos y hasta sesiones de coaching
a cargo de Nick Fury (Samuel
L. Jackson).
Y conste que no estoy siendo
exhaustivo en cuanto a los excesos de la trama.
Tan abusivo resulta el guión
que hasta el cameo del venerable Stan Lee se extiende, en sentido
estricto durante dos escenas, en lugar de una sola, como es costumbre
en los productos del estudio Marvel. Para un espectador promedio (que
no incluye a los frikis del cómic) lo más recomendable sería ver la película en 4D. Entiendo
que es mucho más caro el boleto pero igual cuando le sacudan a uno
el asiento o le avienten agua tendrá oportunidad de despertarse.
La segunda entrega de los héroes
más grandes del mundo (según el lugar común difundido por Marvel)
se antoja verla como un síntoma del hiper cine
de nuestros días. Presupuestos hiper inflados (otra vez según IMDB el filme costó 250 millones de dólares). Sobre estimulación visual
en las escenas de acción (con mucha violencia física y efectos
digitales). Desproporción corporal (que va desde la creación del
cuerpo de Hulk hasta
la que se podría suponer
ingesta excesiva de
anabólicos por parte de Chris
Evans). Un neobarroco donde
el todo convive y se multiplica para perder sentido (GillesLipovetsky y Jean Serroy algo han escrito sobre esto).
Por lo tanto no me extraña que el
director Joss Whedon no tenga capacidad para expresar fílmicamente
una idea visual. ¿De qué trata su segunda película sobre Los
Vengadores? De mucho y de nada. Ultrón, cuyo antagonismo con los
superhéroes debería ser el motor de la historia se debate
édipicamente entre un odio nunca expresado visualmente hacía el
padre creador y su cruzada evolutiva que implica destruir a la raza
humana.
Por otro lado una de las principales
dificultades del grupo es mantenerse unido. Avengers
assemble! es su
grito de batalla en los cómics. Al principio del film que nos atañe
hay un plano interesante, que podría haber resumido esa idea
visualmente. El ataque a las instalaciones de Hydra incluye un largo
fragmento de película sin cortes, donde la cámara va pasando de una
a otra de las acciones que realizan los miembros del equipo.
Un plano secuencia en una película
de acción siempre es interesante, ya que el recurso es generalmente
utilizado en otro tipo de filmes más introspectivos, dicho sea con
excepciones gozosas como el clímax de Las aventuras de
Tintín - El secreto del Unicornio
[The Adventures of Tintin. Steven Spielberg. Estados Unidos y Nueva
Zelanda. 2011]. Este elemento expresivo del cine es una de las
máximas expresiones de unidad en la pantalla.
Casi al final de Avengers:
era de Ultrónla
cámara empieza a dar vueltas en torno a los personajes, como si
quisiera trazar otro largo plano como el del inicio, como señalando
la capacidad de trabajo conjunto en torno a un objetivo y a un ideal.
Tampoco es una idea que valore demasiado (ni
siquiera en el contexto de la
película)
por su originalidad, pero al menos hubiera sido un intento de usar de
manera más creativa el así llamado lenguaje del cine.
Lipovetsky y Serroy han
escrito también sobre el cine que rebasa sus propias pantallas,
entrando en relación con el resto de los medios, digitales o
tradicionales, expandiéndose una manera no vista anteriormente. Por
un lado la segunda película de Los Vengadores lleva el título de
una serie publicada originalmente en cómic
(Age of Ultron, escrita por Brian Michael Bendis y aparecida en
2013). Y por otro lado es un franquicia que se expande en mini series
dirigidas al consumo televisivo tradicional
(como Agents
of S.H.I.E.L.D.) y al video
on demand (Daredevil).
Ante estos excesos es fácil
claudicar. Abstenerse de buscar un sentido profundo en donde sólo
hay formas infladas, emociones que se pretenden fuertes,
disgregaciones inútiles y falta de estilo. Definitivamente Avengers:
era de Ultrón es una de las
grandes decepciones del año. Podría
decirse que nadie esperaba que fuera un gran film. Pero yo sí. Yo
siempre espero una película maravillosa.
El día de ayer asistí por vez primera a una proyección
cinematográfica en la Sala Lupe Vélez, anexo de la Cineteca
Alameda, la sala cinematográfica (que ahora se imagina como un
conjunto) a cargo de la Secretaría de Cultura del Gobierno de San
Luis Potosí.
Hace más de un año fui ahí por primera vez, invitado por el
Rodando Film Fest, para impartir una conferencia sobre cine mexicano.
Yo esperaba encontrar serias modificaciones en el espacio ahora que
empieza a utilizarse para proyectar películas de estreno ya que,
desde entonces, no tenía noticias de que hubiese sido usada
nuevamente.
Me sorprendió que en Cineteca Alameda decidieran usar la Sala Lupe
Vélez para las últimas proyecciones de una película tan importante
como Ida [Dirección: Pawel Pawlikowski. Coproducción de Polonia,
Dinamarca, Francia y el Reino Unido. Año: 2013] que ganó el premio de la Academia Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood a
mejor película de habla no inglesa y estuvo nominada en el rubro de
cinefotografía. Ida es una película que “podría tildarse de
prodigiosa”, escribió Óscar Rodríguez en el segundo número de
La Claqueta (fecha de
portada: Abril 2015) la publicación de Cineteca Alameda.
Entonces: ¿por qué darle a la
película una proyección tan deficiente, tan poca respetuosa de la
obra y de la experiencia del público? Trataré de dar respuesta
después de justificar, con una pequeña narrativa, mi afirmación
implícita en la pregunta.
Para ingresar a una proyección en la sala alterna de la cineteca de
San Luis Potosí hay que comprar el boleto en taquilla. Este tiene un
costo de 40 pesos (25 para estudiantes y para el público en general
los jueves), igual que el ingreso a la sala principal. En esta
ocasión no había servicio de dulcería. El ingreso a la Sala Lupe
Vélez se ubica en la calle de Vicente Guerrero, en el lado norte de
la Cineteca Alameda. Luego de comprar el boleto hay que caminar una
cuadra por Constitución, torcer a la izquierda y caminar otra media
cuadra. Ojalá nunca me toque hacer eso en una tarde de lluvia.
En el ingreso a la sala no hay una señalética exterior que la
identifique. Peor aún, no hay siquiera un número que identifique al
domicilio. Pero si uno tiene suerte seguramente será la única
puerta abierta en gran parte de la cuadra. Para ingresar hay que
subir un buen número de escalones. Antes de hacerlo nos recibe una
placa, que deja bien claro qué instituciones pagaron la remodelación
de la Cineteca. Es una superficie de apariencia brillante, como
metálica, profesionalmente hecha. El nombre de Lupe Vélez, por el
contrario, está impreso en una hoja de papel blanco y con tinta
negra.
Hay un par de puertas para atravesar un vestíbulo donde no hay nada
más que accesos que conducen a minúsculos baños. Ojalá nadie haya
ocupado el papel en el sanitario de varones, por que le hubiera sido
complicado cargar y cortar el rollo enorme ubicado sobre el depósito
de agua.
La sala en si misma tiene piso de madera. Las sillas (que no butacas,
24 en total) no están ubicadas a desnivel, de tal forma que, desde
que se sentó una pareja delante de mi, el cuadro de la película era
recortado por las siluetas de sus cabezas. Afortunadamente estábamos
sólo 8 personas sino no hubiera visto nada. Las sillas son plegables
y agradecí que la película fuera corta, pues quién sabe si hubiera
aguantado la incomodidad de los asientos.
El equipamiento de la Sala Lupe Vélez incluye aire acondicionado y
persianas para tapar el paso de la luz. Estas funcionan relativamente
bien, sin bloquear la claridad al 100 por ciento. El mayor problema
es que a los lados del espacio de proyección (donde debería haber
una pantalla) hay dos ingresos sin puerta a otro espacio lleno de
claridad. El espacio seguramente funciona mejor de noche. Pero poco
antes de las 20:00 horas, cuando terminó el film, había demasiada
luz.
No sé exactamente cuál sea la definición ni la luminosidad del
cañón. Por tratarse de una sala pequeña parece no tener mayor
problema, aunque no parece un aparato construido para la proyección
cinematográfica. Podría verse mejor si hubiera una pantalla. La
imagen se proyecta directamente sobre una pared.
La amplificación del sonido recae en un conjunto de bocinas mal
ubicadas. Al frente sólo queda el canal central y, a los lados,
están los canales izquierdo, derecho y los traseros. La película la
he visto tres veces: en Cineteca Nacional, en video casero y en la
Sala Lupe Vélez. La peor experiencia ha sido en esta última: se
perdió en gran medida el diseño sonoro de Ida, que se aprecia
incluso mejor en la humilde casa de Ustedes.
El colmo de esta función fue que no se respetó el formato original
de la película, cuya proporción de imagen es más bien cuadrada: el
llamado formato académico de 1 de altura por 1.33 de ancho. Cuando
empezaba la proyección de Ida manipularon el equipo y distorsionaron
la imagen, como lo hacen en las tiendas departamentales para que la
imagen de la televisión ocupe todo el espacio de las pantallas. La
proyección de la Cineteca Alameda en la Sala Lupe Vélez tiene la
misma lógica que la de las tiendas Elektra.
Los fotógrafos de cine le llaman a esto “torturar la imagen”. Es
una falta de respeto a la concepción original de la obra, es una
manipulación que sólo se entiende por la ignorancia y el
desinterés. Es muy grave por que la Cineteca Alameda debería
promover una cultura cinematográfica que incluyera la apreciación
de las películas de la mejor manera posible.
El cine es un evento, dice Rick Altman. Cada proyección es una
experiencia que define, con sus características técnicas, la forma
en que el espectador accede a las películas. Y en la cineteca de San
Luis han proporcionado una mala experiencia, cara y sin ningún
carácter profesional. Ojalá no sean ciertos los rumores de que la
proyección de las llamadas “películas de arte” serán
confinadas a la Sala Lupe Vélez. Ir ahí es una invitación a no
regresar jamás a la Cineteca Alameda.
La búsqueda de títulos interesantes incluso en una cartelera
pequeña como la de San Luis Potosí debe hacerse con lupa. De no
poner atención al detalle pasa desapercibida la presencia de la
película Tocando la luna [Título
original: Flores Raras. Dirección: Bruno Barreto. País: Brasil.
Año: 2013] que resulta
interesante al menos por tres razones.
Primero: es una película brasileña,
aunque sea hablada en inglés. Esto es símbolo de la ardua
globalización del cine
latinoamericano, cuyos talentos a nivel fílmico no pueden ser
ignorados por la gran industrial mundial del cine que es Hollywood.
El director Bruno Barreto
tuvo una cierta notoriedad y éxito con Doña Flor y sus
dos maridos [Dona Flor e Seus
Dois Maridos. Brasil. 1976] y su filme Cuatro días en
septiembre [O Que É Isso,
Companheiro?. Brasil y Estados Unidos. 1997] fue nominado al Oscar
como mejor película de habla no inglesa.
Segundo: Tocando la luna
es un filme biográfico sobre la
reconocida escritora estadounidense Elizabeth Bishop, que es
interpretada por Miranda Otto. Bishop fue poeta y traductora al
inglés de poesía, incluyendo
parte de la obra de Octavio
Paz.
Tercero:
la película aborda directamente la homosexualidad de su personaje
central. El cine que aborda
las relaciones amorosas y físicas entre personas del mismo sexo
sigue siendo una rareza en las carteleras comerciales. Vale la pena
hablar de la forma que utiliza el director para abordar la historia.
La película arranca con el viaje de
la escritora a Brasil. Elizabeth Bishop intenta escribir poemas y
éstos no terminan de cuajar en los Estados Unidos en la época de
Eisenhower. A la neurótica y reprimida escritora que
proveniente de la fría Nueva
York, América del Sur
se le manifiesta como un golpe de calor. La sensualidad está a flor
de piel y además es recibida en casa de la arquitecta Lota De Macedo
Soares, interpretada por Gloria
Pires.
Lota sería la amante de Bishop
durante muchos años. La anécdota
de Tocando la lunaestá centrada
en su relación. Lota de Macedo era parte de las familias reconocidas
de Brasil y se movía en círculos políticos de primer orden. Fue
muy influyente en la creación de la obra pública en Río de Janeiro
y como
arquitecta
introdujo conceptos modernos en Brasil.
Lota de Macedo construyó
una casa extraordinaria,
ubicada en medio de una cañada yalejada
de la ciudad para poder vivir
en pareja con Mary (Tracy Middendorf). La llegada de Elizabeth
modifica las relaciones, cambiael
espacio y finalmente transforma su vida. Uno de los aspectos que más
me llaman la atención de Tocando la luna
es la manera en que aborda a las llamadas nuevas familias. En este
caso se trata de
un núcleo conformado únicamente por mujeres que adoptan a una bebé.
Cada una de ellas asume un rol. Se autodefinen como abuela, madre y
tía.
Este es un tema central en nuestros
tiempo. La multiplicidad configurativa de las nuevas relaciones
parentales es innegable. ¿Cómo aborda Barreto esta diversidad? El
director filma su película de manera bastante convencional. Crea una
anécdota clara, aborda el tiempo y el espacio de una forma clásica
y por lo tanto legible para la mayor parte de los espectadores.
Uno pensaría que, para un nuevo
tipo de relaciones humanas, es necesario crear una forma novedosa
de representación
cinematográfica,
ajena
a la
que siempre ha contado
historias de amor
heterosexuales. Barreto filma su película de forma tal que no es
diferente al de otras
películas. Otros cineastas,
como Julián Hernández, han
explorado formas fílmicas novedosas para exponer el amor entre
hombres en películas como Mil
nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor
[México. 2003] y Rabioso sol, rabioso cielo [México. 2009].
La intención de
Barreto puede ser mostrar o
demostrar que los dramas humanos no son diferentes a causa de la
orientación sexual. Cuando el entorno social no es opresivo (cuando
se construyen espacios diferentes)
entonces las historias de las personas son las mismas. Viven el drama
de los celos, los momentos apasionados, los triunfos con alegría,
las debilidades que se transforman en adicciones. Se vuelven una
historia como cualquier
otra.
Desde luego, esta es toda una
posición política. No es la única posible, pero es una forma de
exponer a los personajes y hacernos entender el momento en el que
vivieron, así como lo frágil que pueden resultar las personalidades
creativas que se atreven a viajar a las partes oscuras y profundas
del sufrimiento humano.
Ida [Dirección: Pawel Pawlikowski. Coproducción de Polonia,
Dinamarca, Francia y el Reino Unido. Año: 2013] es una de las
películas más interesantes en términos de forma y de contenido que
hemos podido ver en los últimos años. Su llegada a una exhibición
continua en San Luis Potosí está marcada por el retraso y por las
condiciones arduas para ver películas en la Cineteca Alameda.
La historia que cuenta Ida transcurre en Polonia en los años de
1960. Anna, interpretada por la bellísima actriz revelación Agata
Trzebuchowska, es una novicia que vive en un convento donde la vida
transcurre con austeridad, rigor y fervor religioso. Antes de tomar
sus votos es enviada a conocer a su único pariente vivo, su tía
Wanda, cuyo papel está a cargo de Agata Kulesza. El viaje se vuelve
una revelación múltiple ya que se Anna se dará cuenta de que su
verdadero nombre es Ida, que su familia realmente era judía y fue
casi totalmente exterminada durante la ocupación nazi de Polonia en
la Segunda Guerra Mundial.
Juntas iniciarán un viaje para conocer el destino final de sus
familiares. De este trayecto ni la tía Wanda (feroz fiscal del
sistema de justicia comunista) ni la sobrina monja (Anna o Ida)
regresarán igual. Habrán de enfrentar el odio racial, las
complicidades cotidianas que hicieron posible el exterminio de los
judíos y la crueldad de la historia verdadera. “Quizá en este
viaje descubras que dios no existe”, dice la tía Wanda. Para ambas
será un trayecto por una sociedad transformada, con una ansiedad
colectiva ante un pasado no resuelto que les ofrecerá un atisbo de
las diversas posibilidades que siempre ofrece la vida.
El guión está escrito de acuerdo a la austeridad que priva en toda
la película. El texto escrito por Rebecca Lenkiewicz y el director
Pawel Pawlikowski elimina ciertos momentos que se excederían el tono
general de la película y que para otros guionistas y realizadores
serían importantes, como son un accidente de tráfico, y por el
contrario se concentra en instantes aparentemente intrascendentes
pero que pintan muy bien a los personajes, como es el momento en el
que la Anna o Ida se detiene a rezar en un cruce de caminos, del cual
resulta un momento fílmico trascendente de toda justificación de
acelerar la acción.
Uno de los asuntos que destaca a los pocos planos de haber iniciado
la película Ida es la extraordinaria calidad del trabajo
fotográfico, firmado a la limón por el veterano Ryszard Lenczewski
y el joven Lukasz Zal. Ambos obtuvieron la nominación al Oscar a
mejor fotografía, entre otros reconocimientos.
Su trabajo en la película Ida está hecho de manera no convencional.
Filmado en formato digital pero rigurosamente apegado a ciertos
aspectos de otra época: el blanco y negro y el formato académico,
es decir, la proporción de pantalla es mas cuadrada que rectangular.
La manera de componer las imágenes ubica a los personajes casi
siempre en una orilla del cuadro o su parte superior o inferior. Con
ello se quita del centro a la figura humana y se le da un lugar
importante y a veces amenazador, al espacio que rodea a los
personajes. Estos aspectos novedosos y tradicionales nos remiten a
muchas grandes películas, como las de Carl T. Dreyer y las de
Andrzej Wajda.
El formato poco glorioso empata perfectamente con los escenarios,
desnudos hasta la sórdidez, de las granjas, caminos, hoteles, bares
y salones de baile de la Polonia comunista. En estos agrestes
terrenos, sorpresivamente, la vida y la sensualidad se imponen. El
director Pawel Pawlikowski sabe que éstas se expresan y se imponen
en un rayo de luz, en unas notas de jazz y en las palabras que
describen una cabellera roja.
El entusiasmo que me despierta Ida no cabe en estas pocas líneas.
Pero me preocupa que las únicas exhibiciones en una sala
cinematográfica a las que tengan acceso los cinéfilos potosinos
sean en la Cineteca Alameda. La semana pasada pudimos ver el
documental Un día en Ayotzinapa 43 [Rafael Rangel. México. 2015] y
las partes de arriba y de abajo de la imagen (que no tiene la mejor
definición posible) se proyectaban en los telones, no en la
pantalla.
La película se exhibe con un retraso considerable. En el Festival de Cine de Morelia se exhibió en octubre. Y desde antes de su primera proyección potosina (en la última Muestra Internacional de Cine) ya estaba disponible en formatos de dvd y bluray a nivel internacional. Eso significa que había copias ilegales en la red, disponibles para espectador ansioso. Con esa rapidez es con la que compiten los exhibidores y distribuidores de nuestros días.
Además, Ida se exhibirá desde mañana hasta el 25 de abril en la
sala principal de la Cineteca Alameda. Y los días 27 y 28 (según
dice en la programación) se proyectará en la Sala Lupe Vélez, un
pequeño anexo a la misma Cineteca. Hace tiempo conocí ese espacio y
definitivamente no tenía las condiciones para exhibir una película
profesionalmente. Iré a esas funciones para reportar si ha mejorado.
¿Por qué se saca la película de la sala principal? ¿Hay otra
actividad mas importante para Cineteca Alameda que no sea la
proyección de películas? ¿Esta decisión está relacionada con el
anuncio de que la Sinfónica de San Luis Potosí ocupará una parte
del edificio de la Cineteca Alameda? La Secretaría de Cultura aún
nos debe muchas explicaciones a la comunidad cinéfila.